No contábamos con Camilo Augusto.
De las mejores costumbres que ha tenido siempre mi familia, que la tienen todos mis tíos y primos, todos ellos (los varones, las chicas pues los siguen, pero casi no van adelante), hay una disposición que hasta el día de hoy me impresiona, me emociona. Y es que bajo los efectos del alcohol logran armar siempre una fiesta inesperada en cualquier segundo; hay actitud de feria en cada momento y así fue el día que les relato. Una fecha en la que departíamos en una reunión cualquiera en nuestra Palmira natal, resultó que alguno de los mayores que ya estaba enfiestado dijera a los cuatro vientos: ¡Vámonos pa´ Barlovento!
Y de ahí en adelante la guachafa estaba institucionalizada, nadie chistó, nadie refunfuñó, todo el mundo agarró el primer corotico que encontró a las muy 9 PM, escogió montarse en algún carro de los que iban a subir a la finca y salimos para allá.
Barlovento es una finca que queda en el corregimiento de Chontaduro, muy cerca de La Buitrera , escenario que vio nacer la imperecedera frase de Fabio Osorio: "Yo tenía un bus y lo vendí", de dónde se embriaga medio Palmira cada ocho días. Anoto pues que en las épocas que íbamos a Barlovento, los primos éramos unos infantes aún y el licor aún no transitaba a sus anchas por nuestros glóbulos. Éramos unos chiquillos, algo revoltosos, algo enamoradizos, algo no más…
Barlovento, la finca, era propiedad en un principio de mi tío Toño y del esposo (en ese entonces, porque después de ires y venires, de gracias y desgracias, dejó de serlo) de mi tía Alba, a quien llamaremos de ahora en adelante Eddie Norris. Entonces emprendimos la subida a la finca esta, de noche, a seguir el relajo; pues a los de mi familia como comenté les gusta mucho desordenarse.
Hasta que empezó a atacarnos el hambre, fue una cosa generalizada entre ambas generaciones, los mayores buscando con grasa cortar el alcohol, restituir un poco la figura, recobrar el habla en algunos casos y los menores buscábamos recargar energías después de andar loma arriba y loma abajo buscando al uno, asustando al otro, correteados por un perro, o rodados por una zanja. Si, el apetito azotaba nuestros organismos dedicados a las cosas de cada edad.
Entonces las señoras idearon un asado para calmar la fatiga del batallón, con una carne que ofreció Eddie Norris. Eddie tenía un almacén de artículos agropecuarios y veterinaria, y providencialmente al día siguiente venían algunos de sus empleados a un agasajo de la empresa (cosa que muchos supieron después), por eso Norris tenía ya una carne adobada y lista para asar en la finca.
Entonces ofreció unas porciones a la familia, unas pocas porciones, para que le quedara para el día con su personal.
Entonces todos agradecidos, comenzamos a devorar las raciones de cada uno, y bueno, como era de esperarse, a los borrachos les quedó faltando, de manera que Eddie veía con asombro cómo la carne que había separado para sus subordinados iba desapareciendo en las fauces de la voraz familia de su esposa.
Todos esperaban con algo de ansiedad la repetición, algunos ni siquiera habían ido por la primera ración por andar en otros menesteres; hasta que Norris, algo obcecado, se dio su maña para desaparecer la olla de la carne, dejando así a más de uno en el embale de degustar carnita.
Cuando alguno de los desafortunados empezó a comentar que la carne se había desaparecido, cuando los hambrientos buscaban entre la nevera con qué embolatar la gurbia, fue que se desató la polémica (otra de las pasiones y facilidades que hay en mi familia). Alguien preguntó que porqué no seguían asando si cuando vieron la olla, estaba repleta, qué entonces qué. Y bueno, los ánimos se exaltaron, cuando se dieron cuenta que la carne la había ocultado Eddie pues tenía invitados al día siguiente; ahí se le salió el alma de “patrón” a más de uno y empezaron a descalmarse, a ponerse algo beligerantes e inoportunos con sus comentarios: que si había que comprar una vaca pues que la compraban pero que como así que les escondían la olla, que ellos no se llamaban carne, que esto y que lo otro.
Eddie, al ver esta situación incómoda generada por unas pocas libras de carne adobada se sentía algo avergonzado, algo temeroso, pues la relación era como 20 contra uno que defendía la escondida de la carne. Y procedió a mediar, para sacar la carne de nuevo, pero que se la devolvieran después, pues de verdad en tenía una reunión. Pero la intransigencia que brinda el licor no permitía entrar en razón a algunos, que ya se querían ir, que suerte con tu carne, y demás desplantes.
Pero ¡uy! eso casi termina de enterrarlo (pero nos ha servido pa´ joder a Camilo hasta el sol de hoy), pues mi primo Camilo en ese entonces era un mocito de escasos 11 o 12 años, con algunos fundamentos vegetarianos; o sea, Eddie no encontró peor testaferro para culpar por el consumo desenfrenado y la seguida desaparición del bitute. Es una de las argumentaciones más precarias que yo recuerde…
Entonces ya después, de nuevo por las gracias del alicoramiento y por las artimañas de las mujeres que logran disipar el coraje de sus machos, algo pasó e hizo que cambiara la atención de todos a otro tema diferente que la carne embolatada. La música en el ovni siguió amenizando la gozadera y los aires se refrescaron, pero aún hoy no hemos podido descifrar ni olvidar el recurso retótrico de Norris: "¡No contábamos con Camilo Augusto!"
Julián González-Lema
Comments
Cosa que hacen algunos sensatos porque las insensateces están a la orden en otros comentarios.
Por ahí a la orden pa que vean.