El primero primario.
En mis años mozos aprendí rápidamente que me identificaría de pleno en mis venideros con esa dedicatoria que mentan en una canción vallenata. La expresión dice: “A mi hermano Juancho, que nació pa´ vivir enamorao”. Señores, pues le ponemos Juliancho y da lo mismo.
Porque es de no creer tanto amor que me ha brotado por las chicas en mi vida; ahora con la sombra de todos los años que han pasado, me da un poco de de impresión confesar que mi primer beso de amor (porque para mi fue un beso de amor sincero) fue a la corta edad de 5 años. Y desde ahí para acá, muchos han sido dados y recordados (obvio unos menos, otros más; así como a las artífices, pero es que ¿quién se acuerda de todo, ah?).
Y es una historia hasta linda mis queridos. Yo vivía todavía en la Palmira que me vió nacer, como al senador Chamorro, al pseudocantante, pseudoactor Marcelo Cezán, como al futbolista “Palmira” Salazar y como al desencaletado “Chupeta”.
Por esas épocas de mi infancia enamorada los coches (esos armatostes tirados por jamelgos, y que para estilizarse algunos les dicen “victorias”) eran como un colectivo, o un taxi, un medio de transporte habitual para ir al centro a hacer una “vuelta”, porque en Palmira todo el mundo tiene que ir al centro a hacer “vueltas”, vayan y verán.
Ahora los coches son una rareza; sólo los encuentra uno en la galería donde compran el mercado las clases menos favorecidas, algunos tacaños y otros conocedores de excelentes sitios para encontrar de todo fresco, barato, artesanal o fabricado, original o robado.
Pero lo paradójico es ver que cuando una palmireña se va a casar, el lío es infinito para encontrar un coche y emperifollarlo para que la dama llegue a la iglesia y pueda tomarse las-mil fotos; ahí si son un artículo indispensable… Cosas de nuestra idiosincrasia ¿no?
Volvamos al tema principal (es que yo me voy desviando mucho, ya me lo dijeron mis profesores en toda la carrera, tranquilos… pero bueno, yo confío en ustedes y su paciencia ¿si? Mejor, ya me estaba hasta exaltando). Yo estudiaba en ese tiempo palmireño en un jardín infantil llamado Caperucita Roja. Y si les contara como era el uniforme… Es que antes uno ha pasado y superado vergüenzas, pero no, dejemos eso así que me embolato otra vez.
En el Caperucita había una niña que empezó a llamar mi atención sobre todas las cosas del jardín de niños: sobre la plastilina, las témperas pelikan, los recreos jugando a Supermán.
Empecé a entender que estaba siguiendo mi destino, me estaba enamorando de esta niña porque me gustaba mucho y, según recuerdo esa emoción, era exacta a la que hasta los días actuales siempre siento cuando alguna mujer me gusta. El arrebato del amor muchachos: manía, locura, obsesión… conductas extrañas.
Cuando la veía empezaba la cosa: era un azar constante, un cuestionario interminable para mis cinco años: qué hago, qué digo, qué pasa si… Bueno, como hoy, pero uno con 5 años se siente más raro porque igual no sabe que eso va a seguir pasando y no sabe que hay un manual para todas esas situaciones que se va aprendiendo con los años; y cuando uno lo maneja se evita varias cosas, se salva de otras y se retira de muchas a tiempo.
Mil cosas se generaban en mi corazón por la niñita esta en cuestión. Recuerdo que se llamaba Claudia Pérez, recuerdo que fue mi primer amor, recuerdo que fue mi primer beso y recuerdo que no la volví a ver porque mi papá progresó y nos trasteamos para Cali (ahí si juzgan ustedes).
Entonces yo iba a clases de kinder a aprender qué color sale de mezclar amarillo con rojo, a aprender a hacer cartulinas con escarchas y todas esas vainas, pero mi cerebrito sólo se esmeraba en aprenderse los gestos, los ademanes, lo que hacía, lo que pintaba, lo que escribía, lo que la hacía reír; mejor dicho, mi kinder era una especialización en todos los detalles de Claudia. Enamorado chicos, sin más ni más.
Las clases de Claudiología en el Caperucita se acababan al mediodía. A esa hora entonces algunos de nosotros teníamos que esperar a nuestros papás en el garaje de la casa (porque aquí anotaremos que jardín infantil que se precie de serlo, ocupa una casa de familia adecuada, lo que quiere decir que uno ve clases en la alcoba principal, lo alivian del mareo por los dulces del recreo en la enfermería-cocina y espera a que lo recojan los padres en el garaje).
Entonces en el garaje sucedió… Esperando a los papás, nos poníamos a jugar cosas propias de los niños de 5 años (y yo con una malicia de niño de 15). Yo le dije a varios que jugáramos a los perritos y no se qué mas (años después perfeccioné la gama de juegos que servirían para estos fines: al papá y a la mamá, al doctor, al brujo, a la mano peluda… y el mejor de todos: a “Gallito” Ramírez).
Y pues claro, la perrera incluía dormida y todo. Me di mis mañas para que la jaulita de Claudia quedara vecina de la mía. Entonces pues bueno, cuando el perrero, (que era otro amigo) nos entró a dormir yo quedé con los ojos abiertos y Claudita se durmió como una cachorrita obediente. Al ver la fuente de mi obsesión tan cera y con los ojos cerrados, hice lo que había visto hacer a Julio Iglesias en un video. Me hice el dormido, muy cerca de su cara. Y ¡táquete, se me salió el lobo, ahí en el Caperucita! me fui hacia su cara y le robé un beso.
Pero lo extraño y hermoso, fue que Claudia no se despertó sino hasta que el perrero nos levantó. Y luego, de ladrido en ladrido, llegamos a la “noche” siguiente, y repetimos el beso, que ya no fue robado.
Ahí empezó toda esta avalancha de sensaciones que he experimentado por las damas. Y mi destino está ahí… Nací para vivir enamorado, parece.
Qué recuerdo. El del primer beso, el que di convertido en perro… El primero primario.

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