El viejo Don César.

Alboroté mi cabeza con lo recuerdos de la vieja cuadra donde crecimos mis hermanas, mis amigos, nuestras mascotas, nuestros recuerdos y yo; y quedé bastante picado con la chorrera de acontecimientos y personajes que se aparecieron de nuevo en mi cabeza, latiendo incesantes, como que no pudieran quedar por fuera de comentario. 


Así que he debido hacer el ejercicio y navegar los recuerdos para plasmar lo que ahora puedo hacerles saber. Resulta que en aquella cuadra de Cali donde vivimos la infancia, la 2da H del barrio la Merced, éramos vecinos de un señor muy amable, muy estimado, muy de todo el viejo. Era oriundo de ese municipio vallecaucano conocido como El Cerrito, y pues tan costumbrista mi viejo querido que hacía lo posible para que la apariencia y el ambiente de su casa (y por ende de nuestra cuadra) no se alejaran mucho de los recuerdos de su mocedad.

Se llamaba César, pero como yo fui educado con esa vaina de respetar mayores, le decía Don César (al igual que todos los de la cuadra). El señor era casado con Doña Betsabé, nombre de personaje bíblico que me tomó la mitad de la niñez aprender a pronunciar; vivían allí en la casa que quedaba a la derecha de la mía.

Como dije, Don César era un tipo de costumbres pintorescas, campestres. Y se daba sus mañas para no separarse mucho de ellas mientras vivía en la ciudad. Entonces éramos vecinos de un personaje que se negaba a dejar atrás sus gallinas, sus siembras, sus matas, sus frutas, su arenero, su perrero, y bueno, así más era todo con mi vetusto vecino.

Como la terraza de la casa de César colindaba con el patio de la de nosotros, algunas veces que estábamos en el comedor almorzando en familia, veíamos con asombro como una gallinita se paseaba por la sala o por la cocina; y era que las “ponedoras” que tenía César para sacarles huevos frescos, caían redondas, sonsas muchas veces, en el patio de nosotros y empezaban a pasear por ahí, al frente de nuestras narices. Era un espectáculo macondiano, por decir lo menos, almorzar con visita de gallina.

Laura Imés, mi mamá nos hacía ir a devolver las gallinas caídas, en vez de armar sendo sancocho de gallina robada, que son los que mejor quedan. Era por turnos la ida a devolver las aves de corral, cuando le tocaba el turno a mi hermana Ángela, verla cargando, fastidiada ella, una gallina para ir a devolverla a la casa de César y Betsabé; era simplemente delicioso pues ella siempre ha sido como descalmadita con la gente ordinaria, por decirlo vallecaucanamente; entonces cuando le llegaba su tanda, invariablemente fue una cosa sui generis que gozábamos Jimena, mi otra hermana, y yo.

Además de su gallinero en la azotea, a Don César lo caracterizaba su medio de transporte: un camión Ford 350, modelo 74, el cual primero fue de estacas y azul, donde acarreaba gallinaza (léase rila de gallina por montones) y luego fue un furgón amarillo, donde transportaba cajadas de pollitos. 

No se sabe cuál de las dos épocas del camión fue peor para efectos de la salubridad y el bienestar de los vecinos; o sea, nosotros, pues en la era del abono orgánico, era impresionante la fetidez del ambiente que rondaba el garaje de César pues el hombre bajaba su carga temprano de la finca y la hacía pernoctar en su casa, para madrugarse y llevarla a su destino final. Pero esas noches, eran perfumadas y ahora recordadas por esos efluvios de residuos animales.

La época del furgón es a su vez inmortal también. Comentaba que en ese tiempo la carga eran pollitos amarillitos, y pues era bonito verlos por las tardes, asomar sus piquitos por los respiraderos del furgón, era lindo ver cuando Don César sacaba uno de las cajas para mostrárnoslo; pero ¡que infierno cuando empezaban a chillar entrada la mañana!; si han oído esa frase (que es anónima –perdonen, es que ya me toca aclarar estas cosas-) “llora más que una caja de pollos”, pues es verídica, pero sumémosle otras 300 cajas de pollos para que se imaginen y puedan recrear como era la bullaranga de los avechuchos neonatos que trasladaba nuestro querido colindante.

El veterano quería más a ese camión que a cualquiera de sus vecinos, era de ahí. No consentía nada con el bendito aparato. Cuando los peladitos jugábamos escondite tarrito y esas cosas, el camión era una guarida de lujo pero a la vez era una proeza meterse por ahí. El viejo César siempre estaba con el ojo encima para emboscarnos y no dejar que nos escondiéramos en su bien más preciado. Porque es que el camión tenía unos sitios inexpugnables para el que le tocaba “contar” en el juego (entiéndase: el que busca a los demás).

Uno se podía meter detrás de las llantas, colgarse de las estacas, encaramarse entre la transmisión y los más aventureros se acostaban en el capó o el techo; mejor dicho, si jugábamos ocho, uno “contaba” y los otros siete podíamos perfectamente encontrar sitio para ocultarnos en el vehículo. Pero Don César acechaba con platonados de agua caliente, o con arengas delatoras para que saliéramos de ahí.
Era una danza repetida sin cesar, tanto que a veces creo que al viejo le gustaba la vaina de esperar la noche a ver cómo nos amargaba las escondidas en el camión. Y bueno, nunca dejamos de hacerlo. Pese a las amenazas intimidantes del vejete o las muestras contundentes que presentaban algunos caídos en la guerra del agua hirviendo.

¿Cuál es la imagen más recurrente que tengo de Don César? Pues la de un señor curtido por el trabajo y las tradiciones. En mi imagen lo veo sentado al borde del caño que delimitaba la cuadra con el barrio Vipasa, por ahí por el puente peatonal donde se pasaba a Carulla; látigo en mano, arriando al pobre perro de su nieto que se embolató una vez y se quedó perdido, que se llamaba “Troll” (no el nieto, el perro); con la camisa de botones desabrochada para recibir mejor la brisa, y haciendo “quemas” de hojas y basura, como en las mangas de El Cerrito de su infancia, con las que ahumaba toda la cuadra por horas. (Esas “quemas”, son una de las cosas más inexplicables que acostumbran los viejos, pues mi abuelo Camilo tenía este hábito y sigo sin entender cuál es la gracia de esa vaina).

Don César murió tiempo después y en la cuadra se decía bromeando que había reencarnado en un árbol de esos que sembró en el antejardín de su casa -otra de sus pasiones, sumada a la de andar regando cemento para hacer subidas en los andenes-. Pero el chamizo también se secó a los meses, entonces César nuestro vecino, el viejo querido, ahora no es más que el recuerdo del campechano que se trajo El Cerrito para la cuadra. Y en la memoria nos dejó un pedazo.

Julián González-Lema

Comments

Anonymous said…
se me hace ver a Don Cesar, perrero en mano sentado en la silla del vigilante, viendo como se quemaban sus hojitas, que tiempos aquellos, como hizo de peculiar nuestra niñez.
Anonymous said…
Y QUE TAL QUE NUNCA PINTO LA FACHADA DE SU CASA , MUY BUEN RELATO TE FELICITO BIUBI
Anonymous said…
Recordar es vivir dicen por ahí, Julián. Gracias por su post.

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