Remembranzas de la 2da H

"Vieja madera para arder, 
viejo vino para beber, 
viejos amigos en quien confiar, 
y viejos autores para leer".
Sir Francis Bacon

Pasan y pasan los años y uno sigue con los mismos amigos, y si alguno se desaparece por un tiempo prolongado, al momento de volvernos a ver, es como si nunca hubiera pasado nada; la conversación sigue en el mismo punto donde se quedó y la retomamos de inmediato. 

Los amigos de verdad rara vez los conseguimos cuando estamos mayores, tengo la impresión de que los grandes amigos que tenemos en la vida son los de la vieja guardia. Sí, todos los días conocemos gente, todos los días nos acercamos a más personas dependiendo de la labor que desempeñemos, el carisma que tenemos, lo que estudiamos, y cada día parecieran ser más seres humanos que inundan nuestras vidas, pero muy poquitos, de esa cantidad de gente, llegan a ser nuestros verdaderos amigos.

Nuestros amigos pueden seguir siendo los mismos de siempre, pase lo que pase; desde el colegio, desde el barrio, sin importar que tanta agua haya pasado por debajo del puente de la vida que ha trascendido cada uno.


Recuerdo que cuando llegué a vivir a Cali,  por allá por el 85, me conseguí mis amigos aunque no era muy difícil, pues el que más lejos vivía quedaba a cinco casas. Ellos eran: Diego, Juan, René, Miguel, Juan Manuel… con algunos invitados especiales pero que no duraban más de una temporada en "nuestro programa", todos ellos con su alias incluido (Motitas, Huyuco, El Chamo, Imbúsul, entre otros). Y los-de-siempre andábamos para arriba y para abajo haciendo cualquier cantidad de ociosidades, en nuestros años de la primaria. 

Vivíamos en el barrio La Merced, de la Sultana del Valle, en la Avenida 2da H. Donde esperamos inútilmente a que se pasara una niña linda que nos robara el corazón y nunca lo hizo, cada vez llegaban más y más viejos, o niñas pero muy niñas y nada que hacer. Nuestra cuadra quedaba al borde del caño que nos separaba de Vipasa (barrio que se hizo célebre por albergar caletas de gran sofisticación) y donde vivía otro de mis amigos, Mauro Abril, pero este era del colegio Hispano, entonces no lo mencionaremos más en este episodio. 

Aunque anotemos aquí que de la 2da H, mi cuadra, en la casa numerada 45 n 31 al frente de mi hogar, una vez sacaron un arsenal digno de la guerra; sacaron rockets, bazucas, AK- 47 y demás municiones que iban destinadas a la guerrilla, según el noticiero que vi después de que por fin me dejaron entrar a mi casa los soldados que custodiaban, ante la mirada atónita de los vecinos; mejor dicho armas de lo lindo, no les faltó sacar sino al “Lobo del Aire”, qué armamento tan miedoso, pobres barrios, pobres vecinos.



Pero debo volver a hablar de los amigos… Todos fuimos creciendo, y acumulando anécdotas con respecto a nuestras vivencias: tuvimos un “club”, al cual le hicimos una flamante sede en el jardín de mi casa, con tablas, con plásticos, con cartones; mejor dicho, nuestro afamado club terminó siendo un tugurio de proporciones "favelísticas" pero lo queríamos, nos albergaba por las tardes cuando nos reuníamos a jugar Super Trumph: esas cartas con fotos e informaciones de aviones, o de carros, o de motos, donde ganaba el de mejores números. Era una maravilla. Teníamos nuestro club de ocio, para jugar cartas, como los grandes.

Y bueno, fuimos avanzando, poco a poco crecíamos y así también lo hacían nuestras necesidades sociales, ya no podíamos solo salir a ver llover o reunirnos en la casa de alguno a ver cuanto dibujo animado hubiera (no nos perdíamos “Arbegas”, “El Conde Pátula” o los “Muppets Babies”).


Era el tiempo en que queríamos ir a darnos un roce por el barrio, íbamos al parque a montar cicla (a la que llamábamos “burra”) o a alquilar películas en Betavisión –porque Colombia fue territorio Beta- preferiblemente con Jean Claude Van Damme y sus artes marciales para después salir a dar patadas por los aires y a armar campeonatos improvisados, pues nos fuimos volviendo muy duchos en la materia del kick-boxing.

Un día de esos, un viernes social, nos reunimos en mi casa mis amigos y mis dos hermanas. Y empezó la charla de siempre, con la frase de siempre: “Ve, ¿qué hacemos?”… ¡Qué frase más recurrente! Y al eterno debate se le dio rienda suelta: Que alquilemos la “otra” película de Van Damme (sólo tenía 2), que vayamos a Dari a comer Dili, la paleta más económica de la económica heladería del conejo azul pues no nos alcanzaba para más, y otras mil ideas. Hasta que decidimos finalmente pedir una pizza en Karen´s, obviamente entre chicos no podíamos pedir otra combinación que ¡hawaiana!

Y si señores, empezamos a armar la vaca. Entre todos, teníamos que reunir los $7.800, que era lo que daba la cuenta en esa época por pizza una mediana con una Coca-Cola litro y medio (envase clásico de vidrio). 

Y pues cada uno se propuso a sacar lo que tuviera, los restos de la mesada al final de la semana. Cada uno puso lo que pudo, y Diego, más conocido como Dágallo, se trajo una alcancía que rompimos de un rocazo, para extraerle como $3.400 para lograr reunir la suma mientras hacíamos el pedido del domicilio por medio del cuernófono, un teléfono amarillo bastante sui generis que hubo doña Laura, mi madre, quién sabe donde. 

Pero luego de hacer la vaca, teníamos que resolver un pequeño impasse; el problema que enfrentábamos tenía que ver en ese momento con la vergüenza que le causa a cualquier persona en su etapa de pubertad pagar con monedas (porque en esas edades todo da pena, da boleta, da oso)… y más aún, con muchas, muchas monedas. Porque eso era que teníamos $7.800 en monedas, en sencilla, en menuda.


Dágallo se negaba pues había sido él quién ofreció en sacrificio el marrano de arcilla para que tuviéramos el capital completo; Juan siempre la montó de cascarrabias entonces nadie se atrevía a decirle nada; mis hermanas y yo argumentábamos que por estar de locales, prestar los vasos y los platos para luego tener que lavarlos, no nos podían poner a pagar; Miguel y Juan Manuel aquel día no estaban… Todos los dedos señalaban a René, que las tenía todas en contra: había puesto como $400 en la vaca, llegó de último, y pues lo peor de todo… era el menor de los presentes y ustedes ya saben como es la suerte del pequeño, todos lo cogen de bate, y efectivamente nuestro René no podía ser la excepción. Le tocaba salir a pagar el domicilio, con las monedas.


Todos lo animamos, que fresco panita, que eso no es nada, que mirá que así practicás matemáticas, que todo el mundo paga en monedas dejá el visaje… pobre muchacho, le sacamos todas las disculpas que pudimos, para ocultar que nos parecía una pesadilla salir a pagar la numerosa cuenta, en semejante cantidad de monedas. 

Les hablo de la época de las monedas de $10 grandes, las del mapa de San Andrés; las de $20 grandes, con el poporo quimbaya ese; las de $50, con el palacio de justicia y billete de $100 amarillito y de $200 verde claro. Un billetico de $1.000 era lo de más alta denominación que teníamos, del azulito con Bolívar a bordo, que sacamos de las entrañas del puerco de cerámica.


Señores y se llegó el momento, la motico del domicilio llegó y tocó en la puerta de mi casa, donde ya nosotros habíamos preparado a René con una chuspa plástica porque era la única manera de cargar ese bulto de monedas… Yo me asomé para pedir la cuenta, mejor dicho, para cerciorarme de que habíamos hecho bien el cálculo, porque bueno, cuando René pasara por la pena de pasarle al del domicilio esa tracamanada de menuda, al menos estuvieran completas y saldaran la cifra, para no avergonzarlo más de lo necesario.


Entonces salgo y le digo al tipo, con ese desparpajo que se mandan aquellos a los que les sobra el billete: “¿Cuánto es que es, amigo?” Y el man me dice: “$7.800, el domicilio es voluntario”. Ahí palidecí, el tipo me dejó en shock con lo de la propina pero yo le dije que listo, que fresco, que todo bien, y llamé a René, montado en la parafernalia de acaudalado… Me sentía un patrón, cuando le hace gestos a sus ayudantes para que vengan a pagarle la cuenta de lo que acaba de comprar, que andan con el "canguro" (riñonera le llaman en el Valle de Aburrá) lleno de billetes; lo diferente era que este canguro, no era Louis Vuitton, era una bolsa de Carulla y la plata no era un fajo de billetes sino una alcancía recién inmolada.



Todos expectantes en la ventana, nos arremolinamos para ver al enano de René pasarle al mansito nuestro botín de fin de semana. Y pues tan de malas mi amigo, que se ha tropezado y todas esas benditas monedas han salido a volar por los aires y cayendo en cualquier parte. René y el domiciliario, que no podía creer estar viendo una cantidad de monedas tan impresionante y se olvidaba inmediatamente de la propina, se agachaban a tratar de retenerlas todas; nuestro amigo, consciente de la boleta que estaba pasando, estaba más azarado que nunca pues sentía el escarnio del tipo de Karen´s y el de la gente que pasaba por la calle que se quedaba mirando después del estruendo armado por la caída de las monedas contra el piso.



Una a una recogieron las monedas, y se demoraron como 10 minutos en cuadrar esa bendita cuenta, mientras los demás no podíamos de la risa al ver la suerte del enano; yo creo que si alguien más estaba esperando pedido de ese domiciliario, le llegó un toque tarde la pizzita, porque la demora contando nuestro capital, se prolongó… Aunque después disfrutamos de una comitiva deliciosa, el recuerdo de esa pagada de la pizza con un montón de monedas, hasta el día de hoy está instalado en nuestras memorias de grandes amigos.

Julián González Lema

Comments

Anonymous said…
Biubi, si es que asi se escribe... el relato estuvo mas que excelente; cualquiera que no hubiera estado ahi puede sentir como que hace parte de nuestra historia. With love,
Dagallomen
Anonymous said…
excelente historia, y de nuevo lo hace recordar a uno perfectamente todo lo que se sintio, que por supuesto era un oso tenaz, pero le toco a Renecolis pasar la pena. Y por otro lado la nostalgia de loa buenos amigos, que gracias a Dios aun tenemos a nuestro lado. muy buena!! Gracias por ese recuerdo. Dume
Anonymous said…
MUY PERO MUY BUENA!!!! NUESTRA CUADRA LA LLEVAREMOS EN EL CORAZON
Anonymous said…
MUY PERO MUY BUENA!!!! NUESTRA CUADRA LA LLEVAREMOS EN EL CORAZON
Sandel said…
Excelente Julián tu historia. Son cosas que no se olvidan las anécdotas con los amigos de nuestra infancia-juventud. Gracias por compartir.
Gordo said…
ja,ja,ja "paga con las monedas que asi practicas matematicas" y "el canguro no era Lois Vuitton, era una bolsa de Carulla" ja,ja muy bueno me hiciste recordar y reir.

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