Mi carrera de cantante.
Después de mucho, a petición de mis lectores (los ocho de siempre), que han estado como insistentes con la cosa de que escriba las anécdotas que recordamos, de las que nos reímos cuando nos reunimos a tertuliar al calor de cafésconleches ya tan clásicos en las rutinas de algunos, pues ha llegado la hora…
Espero pues que el preámbulo pseudo-nostálgico no haya echado por la borda la atención de los dos nuevos que llegaron por equivocación o por recomendación de alguno de mis convidados asiduos a leer estas notas.
Una cerveza tras otra en una panadería: beber en panadería es algo tan lamentable como tomar yogur con pitillo. Pero bueno, ahí estaba con mi amigo de bebeta, llamémosle Alejo a mi intrépido acompañante. Tomándonos unas “chelas” en las épocas en que no era alcohólico, en las épocas en las que no había dejado de serlo tampoco.
Motivo: despecho (No es difícil deducir). Personaje: Karinita (novia del colegio y primeras notas universitarias). Nick Name: Jodie Foster.
Tenaz. Los recuerdos de uno de mis primeros despechos en la vida, al calor de unas cervezas, y de un horno terminando unas almojábanas. Acompañado de aquel que llamamos Alejo, mi psicólogo de cabecera, que lo fue desde aquella época hasta unas más cercanas pero que perdió el puesto por las lejanías, por el mal ejemplo y porque ahora tengo otro mejor por allá en el cielo. (Bueno, los que llegaron hasta aquí, ¡nada de llanto pues! Conténganse).
Alejo me pedía una explicación de los hechos, los cuales a la luz de los años y de la vergüenza evitaré comentar; sólo se que había sido una pelea de novios, de las bravas, de las de “no me volvás a llamar”, “estoy harto de vos”, “me asfixiás”, “dejame tranquilo", "respetá mi espacio” y demás delicias de las discrepancias de pareja juvenil. Cuando uno cree que todo se va a acabar por dejarse de ver tres días, cuando uno siente que después de esa chiquilla no hay nada más.
Entonces yo arranqué cerveza en mano, mirada distante, ceño fruncido, a reconstruir la historia y a deconstruir las causas junto a mi sicólogo-alcahuete una y otra vez, porque señoras y señores, esa es la cualidad que identifica a un “entuzado” no lo dude: repite una y otra vez, con pelos y señales el evento indeseado, el acto irrevocable; ese que le repica entre los ojos, el que duró unos segundos y se tiró una historia de años (una frase, un madrazo, un trapito sucio, un gesto). Momentos irracionales (sistemáticamente irracionales) entre esas parejitas apegadas como chicle a jean nuevo.
Yo contaba y recontaba, Alejo se oponía a mis deducciones, imponía sus puntos de vista y el encendido debate de causas y efectos del amor enfermo secaban nuestras gargantas, por lo cual nuevas parejas de cervezas llegaban a la mesa mientras doña Ruca pasaba con los huevos, Parmenio “el guachimán” llevaba el mandado de los Manrique y los niñitos compraban chicles “Motitas”.

Muchas opiniones, muchas reflexiones y muchas cervezas después nuestra mesa de desayunos no tenía nada que envidiarle a una de esas que se pueden ver en cualquier fonda de corregimiento de la meseta cundiboyacense: forrada de botellas vacías, porque a la usanza de los boyacos nos dio por no dejar quitar los envases de ahí. Es un método ideal para esclarecer bien las cuentas cuando los sentidos empiezan a desaparecer, eso han dicho. Pero pues no falta el que pasa y le deja a uno el envase vacío de su consumo y se aprovecha de la nobleza de un par de panelistas del show de Cristina en una panadería.
Después de un guacal entre 2 imberbes de escasos 18 años, el despecho encontró el socio ideal para transformarse en el ridículo, paso inequívoco que sigue a esta combinación, sin duda; y si alguna vez lo hicieron saben de que hablo. Los que no, por favor, absténganse.
Logrando salir por nuestros propios medios (escasos ya) del "bar-panadería", donde nos amenizamos con la extensa charla y las noticias narradas por Jorge Alfredo (porque desde esa época anda el gordo este dando noticias), a mi se me ocurrió la grandiosa idea de llevar una serenata a capella con mi psicólogo-serenatero. Inspirado por las profundidades conceptuales logradas en esa noche de sinceridad y búsqueda de corrección, emprendimos camino hacia la ventana del apartamento 202, bloque 12 que daba hacia la calle; esperanzados en que este gesto romántico sacado de las viejas estrategias mexicanas del cortejo nos sirviera (o me sirviera a mi, mi fiel escudero si tenía era puras ganas de golpear su dignidad) para recuperar algo de la fe perdida con la amarga disputa de momentos anteriores.
Y embriagados de sentimentalismo puro pero más que todo de licor, nos paramos bajo la ventana con luz encendida aún y entonamos la bella canción “Abismo” (ciertamente a eso habíamos llegado) de un grupo llamado Illya Kuryaki And The Valderramas
(¿alguien se acuerda de eso, además de ustedes los ocho?). De principio a fin de los tonos desafinados pero sinceros, sentidos, estuvimos juntos mi querido pseudo-psicólogo-alcahuete-serenatero y yo.
Hasta que una vecina salió a darnos un pequeño recorderis de la hora que era, pero ya ni me acuerdo qué horas eran, y también a darnos una pequeña advertencia para que nos fuéramos antes de que llegara la ley, que ella ya había llamado para detener nuestro desorden público. Es que cabe anotar que nuestros cantos son para oídos muy sofisticados, como para el de un oso hibernando por ejemplo; no muchos pueden apreciar nuestra finura, por eso doña Trina se nos descalmó (¡falta de gusto carajo!) y nos tocó huir cual ladrones, pero ¡en nombre del amor! Tratando de evitar el zigzagueo clásico de la embriaguez delante de Trina.
¿Y pues qué más hacíamos? Irnos para la casa de Alejo a dormir la rasca, la faena estaba concluida. Aunque Trina no nos dejó presenciar el desenlace de nuestra serenata, tiempo después supimos que ni la pelada, ni su familia escucharon nuestros delicados acordes. Ese amor tuvo el consabido “comeback” tiempo después pero no duró mucho. Lo que persistió en nuestros recuerdos fue esa ingesta infame de cerveza y su peculiar desenlace en casa de la familia de Alejo.
Llegamos como pudimos a la unidad de mi viejo amigo: esquivando carros, evitando caer al caño, improvisando un mejor estado delante de los vecinos. Nos dirigimos a su casa y allí seguíamos comentando temas, pero sobretodo nos enfrascamos en la remembranza de nuestra presentación, de las notas donde mejor estuvimos, de los pasajes donde entonamos con mayor acierto, felicitándonos el uno al otro por nuestros desempeños. Nos sentíamos bien. Ya era hora entonces de dormir.

Antes de dormir una rasquita de cerveza hay que desaguar abundantemente para prevenir posibles inundaciones del colchón y de la ropa como en las épocas infantiles, cuando uno se embuchaba de tetero con aguapanela y amanecía la camita oliendo a lo que llaman berrinche.
Entonces yo fiel a esa consigna me dirigí al baño, abrí la puerta con algo de premura pues ya la vejiga estaba ad portas de un estallido; traté de encender la luz pero no encontré el switch, por lo cual intenté obviarlo y me concentré con lo último de cordura que me quedaba en apuntar a donde mis recuerdos me decían que era la taza. Y si, empecé a escuchar ese sonido inequívoco de haber dado en el blanco. El chorro hacía el sonido acumulativo de estar encharcando atinadamente. Cuando terminé, satisfecho cabe anotar, salí del baño y me acosté.
Y bueno, al otro día me levanté a desayunar en casa de los Eche, como muchas otras veces, a eso de las 12 m; allí estaban esperándome con unas extrañas caras de asombro y yo pensaba que Alejo había comentado los pormenores de nuestro grandioso desempeño musical y me querían felicitar, maravillados por haber descubierto mis dotes ocultos de intérprete. Pero no, lo que había tras esas miradas no era una felicitación, era más bien un pequeño reproche.
Mis obtusos sentidos me habían jugado una mala pasada secuela de la embriaguez; cuando me dirigía al cuarto al que siempre iba a dormir, el cual tenía baño adentro, tuve una pequeña falta de concordancia y terminé entrando al cuarto de enfrente. Y pues según mis cálculos trastornados, conté los mismos pasos de siempre, busqué el interruptor donde siempre y oriné como siempre. Pero como estaba en otra habitación, entré y no vi (mas bien: no recuerdo) que allí estaban estudiando dos compañeros de Ana (madre del Alejo y verdadera psicóloga) una de los cuales dormía -afortunadamente- y con la confianza que te da conocer por donde estás andando, abrí la puerta del closet de Alejo (y muy correctamente cerré, para no incomodar) y acerté en una caja de zapatos vacía.
Lo cual me redimió de tener que pagar una lavada de alfombra, pero no me liberó nunca del zafio recuerdo de una fuma brava, a punta de cerveza y terminada en una desentonada canción que sólo sirvió para que mi amigo Alejo y yo sumáramos la profesión de cantante a la lista de cosas que quisimos y nunca pudimos ser, más que todo por falta de tiempo.
Julián González-Lema

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