Mi hada de la risa

Para seguir con el género blogístico que he fundado, denominado “género de panadería”, vuelvo a escenificar este post en una de estas; espacios virtuosos caracterizados por la gran cantidad de parva que ofrecen, pero sobretodo por la capacidad de generar insólitas situaciones en medio de pandeyucas, arepas y buñuelos. Como vimos en “Después de mucho”.


Esta vez el recuerdo me lleva a Palmira, Valle. A la panadería por excelencia, la mejor panadería que recuerdo, y eso que soy un experto catador callejero de panes, de quesos y demás, la “Leal Ostín”, que ahora sólo le dicen “La Leal” pero que en las épocas en las que busco este recuerdo era llamada por todos los miembros de mi familia materna “Pan Ostín”.


Esta panadería está ubicada en el barrio Obrero, en una esquina como todas las panaderías buenas; enfrente de la tienda del famoso Mono Barrios, sitio donde se presentan y presentaron inmarcesibles rascas de connotados y no tan connotados palmiranos, bajo la influencia del nunca escaso “Blanco del Valle”.

“Pan Ostín” era paso obligado cuando los de mi casa íbamos a visitar a mi abuela Aura en Palmira, que vivía a la vuelta de mi tío Toño; es decir, la panadería quedaba en la mitad del trayecto entre Aura y Toño. Lo cual facilitaba todo para terminar comprando pandebonos al por mayor para comer con café donde Aura, o para irnos “de paseo” todos los primos a comer arepa con queso grasosa y gaseosa. Porque con dosmil pesos comíamos como 6, y quedábamos a punto de estallar, y no es tan lejana la época, la plata en “Pan Ostín” rendía bastante.

En cierta ocasión estábamos sentados en una mesa para 4, los seis primos de ocasión: mis dos hermanas, Luisa y Claudia (hermanas entre ellas), Camilo y yo. Departíamos una tarde soleada de domingo hablando de nuestros temas favoritos, banalidades en general sobre cualquier cosa, haciendo apuntes de temas varios entre todos, y pues unos iban saliendo más graciosos que otros entonces reíamos a mandíbula batiente.


Luisa, mi prima pequeña, mi hada de la risa, nos escandalizaba con sus carcajadas producto de 
todo lo que decíamos; era fácil hacerla reír, cualquier comentario, cualquier imitación, cualquier chascarrillo desarrollaba en ella momentos de risas incontenibles desencadenando su ahogo y llanto.

Se gozaba barato con la niña porque eran contagiosas todas esas risotadas estridentes en medio de la francachela. Cuando terminaba ella de reír de alguno de los chistes de momento, volvía a la serenidad y podía continuar con la ingesta de la arepa con su gaseosa, mientras contenía las lágrimas de la última ráfaga de carcajadas.

No por mucho tiempo  se contenía porque inevitablemente una nueva ocurrencia (mía precisamente) nos permitió ver cómo un efluvio involuntario y masticado de la risa de Luisa volaba por los aires y era compartido con los transeúntes en general de la agradable panadería.

Estas reacciones suyas eran cosa de cada 8 días, siempre los que terminaban más damnificados después de esas explosiones de pedazos de arepa a medio deglutir de Luisa eran los que se sentaban frente a ella (yo estratégicamente siempre me hacía paralelo) pues quedaban con los rostros decorados de gaseosa y submarinos. Pero igual éramos pequeños, éramos primos y nuestras charlas y risas continuaban a pesar de los espontáneos momentos de Luisa que ponían notas altas en nuestras memorias.


Llegó entonces el día que nos dejó marcados, precisamente esa tarde la risa de Luisa degeneró en una incontenible micción en medio de la amada panadería. Nadie creyó pero sembró inmensas dudas cuando su gesto cambió de alegría a consternación absoluta y ya no cabían muchas cuando le decía a Claudia: “hermanita, hermanita, me oriné”. 

Punto en el cual yo me agaché a ver y, señoras y señores, efectivamente debajo de Luisa se conformaba un remanso de agüita amarilla. Después de lo cual nos alarmamos a más no poder, y Luisa paralizada encima de su charquito tenía una mueca indescifrable: entre llanto y risa, entre vergüenza y contentamiento.


Yo cogí el pan del mandado y salí corriendo sin pensar en nada más; si amigos, vendí a mis familiares, no quería estar presente en el momento en que alguna de las trabajadoras de la panadería viniera a ver ese desastre o peor, a que otro comensal se sentara en la silla emparamada después de mi primita. Por lo cual llegué a millón donde mi abuela, entregué la orden de pan de mil y esperé por los otros; uno a uno fueron llegando para comprobarme que si, que lo que yo vi era cierto, nuestra prima se había orinado en medio de la mejor panadería de Palmira. Luisa, Luisita llegó a donde la abuela miada de la risa.

Julián González-Lema

Comments

Anonymous said…
excelente narracion de momentos inolvodables sobretodo cuando se tenia a una prima que con decirle banano con pecas se moria de la risa. Que buenos tiempos aquellos. Aunque los que vienen seran mejores

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