Escueto resumen de una vida.

Tenía yo unos trece años y cuando uno tiene esa edad, por lo general, cuenta con un mejor amigo que completa el círculo de las fechorías ideadas, que aumenta los minutos de carcajadas en medio del almuerzo familiar, que ayuda a anexar unas cuantas “pelas” a las bien ganadas por la cuenta de cada uno.
El mío de esa época (aunque cabe anotar que aún hoy sigue siendo) era Carlos Andrés Hurtado, y como secuaz que se respete respondía a un alias (aunque cabe anotar que aún hoy sigue respondiendo) “Candé”.
Éramos bastante unidos, nos tenían respeto en cualquier pueblo al que íbamos a temperar con nuestras familias, y las masas de chicos nos seguían. Nuestra relación de amistad empezó antes de que naciéramos pero en vida la re-confirmamos porque tenemos unas primas en común; él, por lado de la mamá de ellas y yo, obviamente, por el del papá.
Aunque muchas veces parecíamos nosotros los verdaderos primos.


Bueno, todo esto lo anoto porque a lo bien, me pongo como sentimentaloide, por acá por las Bogotás me da por ahí la cosa, por acordarme de la gente; pero también porque ha vuelto a mi memoria uno de los pasajes más altisonantes de mi amistad con Candé (que ha durado porque nos parecemos mucho y nos aguantamos más).
Aquí debo hacer una pequeña nota con respecto a lo de “Candé”. El remoquete que ha acompañado a mi lanza Hurtado, lo ha acompañado ya mucho tiempo y me debe la autoría, pues en unas vacaciones nos mandaron a otra finca, al rancho de Gilma Soto la madre del panita Hurtado Soto, con la empleada y su hijo. Por muchas razones yo decidí darle vida al apodito, pero el detonante de la palabrita salió después de habérsela oído hasta la saciedad al hijo de la empleada de Candé (Ivette), que de todo lo incriminaba con su hablado de niño de tres años, y pues yo se lo acomodé para que muchos lo recordaran de esa forma y para que él no olvidara al negrito.


Entonces vuelvo a la historia… En una de esas temporadas que pasábamos con los primos y los tíos en fincas y paseos diversos, fuimos a dar a una finca que se llamaba “La Eugenia” propiedad de un amigo de mi tío Toño. Nos habíamos ido para allá, a la finca esta, ubicada en el corregimiento de “La Buitrera”, en gran patota; es decir, éramos muchos. “La Buitrera” está ubicada a unos 25 minutos de Palmira, vía a Pradera y es conocida por muchos palmiranos por haber dado escenario a las más monumentales rascas de más de la mitad de habitantes que tiene la ciudad, y las más excesivas acciones contra natura que se recuerden en la comarca, gracias a su ponderado metedero: “La Cantina de Lucho”; además de haber engendrado unas tres generaciones de ebrios, de desocupados y de chismosos. Yo creo que el nombre es porque es un nido de buitres, pero no con esto quiero negar que se pasa bueno, que me han tratado bien muchas personas que allá viven, que se duerme delicioso y que de por allá saqué una de mis mejores novias.

Allá fuimos a dar en esas vacaciones de los trece años. Y como a todo parche le llegan invitados, un día de nuestra temporada tuvimos una visita inesperada. A la finca fué el señor padre de Gloria Osorio, la esposa de mi tío William, que también estaba en el gran combo este. El muy estimado Don Fabio, que en esas época debía de tener unos 65 años (sino es que eran más pero !ah, Fabio pa´ conservado!), era alto, peliblanco ya, pero delgado, podría decirse que hasta atlético. Era un bonachón mi querido Fabito. El abuelo billarista de mi primo David Lema.
Nosotros estábamos en la piscina de la finquita. Bueno, acá debo anotar que no era precisamente una piscina con lo que contábamos en nuestra prestada finca; era, más bien, como una pileta pequeña ó una poceta para recolectar agua, algo mohosa, y sin baldosín; pero ahí mojábamos nuestras ganas de joder y de quitarnos el calorcito que llega a hacer en “La Buitrera”. Como dijo Candé, mi amigo: “¡Es que nosotros venimos es de abajo!” Él de Tenerife, Valle y yo de Barrancas, Valle. Y con esa frase nos podíamos explicar muchas cosas de nuestro comportamiento, de nuestros gustos y pues en total…de nuestra vida.


Cuando uno está en paseo largo, de esos que duran como 2 semanas, pues hay veces que el tiempo vuela, pero generalmente es mucho tiempo el que se queda estático y uno no encuentra qué hacer.
Fué en un momento de esos en que Don Fabio apareció, de pasón y nosotros retozábamos en el agua puerca de la pileta esa. El hombre saludó al público y se sentó a comadriar con las señoras madres. Después de tomarse el popular tintico vallecaucano, el de tardear; dijo que iba a visitar una gente que no veía hacía mucho tiempo. Entonces Candé y yo, desocupados y ociosos, aprovechamos el viaje de Don Fabio pa´ darnos un borondo por el pueblo y sus alredadores, con el fin de matar unas horitas.



Don Fabio tenía en esa época un Renault 12, automóvil, rojo pasión. Y en él nos trepamos Candé y yo, para a compañar al viejo en su recorrido por las casas de viejas amistades. (Ahora que lo pienso, a la luz de tantos años, no puedo dejar de pensar ¡Qué desparche: montarnos en un carro, con un viejo, a visitar más viejos! Pero bueno, volvamos a la historia…)
Don Fabio agarró camino por un callejón, que le llaman “De la Virgen”. Y empezó a darle chancleta al R12 por la carretera destapada. Nosotros íbamos en el asiento de atrás, “patroniados”, con nuestro experto chofer Fabio, que no perdonaba hueco y hacía esforzar el renoleto más de la cuenta, para mi gusto.
Cuando llegamos a una casita al borde del camino, Don Fabio detuvo el carro para salir de unas piedras donde el carro le patinó, y cuando esto sucedía, de la casa de en frente salía un hombre que lo reconoció y a grito herido le extedió un saludo ensordecedor: “¡Qué hubo Don Fabio!”… A lo que Fabio contestó un tímido “Vé, ¿qué mas vos?” Pero con ese gesto que hacemos cuando no tenemos la mas puñetera idea de quién es el que nos está saludando, pero fué tan emotivo el saludo del señor que ni modo de hacerse el desentendido.
Y ahí el interlocutor de Fabio le lanzó una pregunta de esas que es imposible responder en una frase, pero que, Candé y yo somos testigos, ¡Don Fabio hizo lo imposible! La sacó del estadio con la respuesta y por eso hoy vive hoy y se quedará en nuestras memorias para siempre. Su respuesta fue suficiente, escueta, sólida y, a veces, aún hoy en día, hemos hecho uso de ella para explicar algunas cosas.


El tipo le manda una cuestión de esas que da paso a una conversación eterna; le dijo: “No lo veía hace 25 años… Don Fabio ¿usted qué?” Y Fabio lo mirá con cara de acontecido mientras medita, de sabio que va a soltar su frase elucubrada con el paso de esos 5 lustros, de iluminado que va a irradiar su sabiduría sobre el mundo y dice: “No, pues yo tenía un bus y lo vendí”…
Atentos a lo que sucedía, Candé y yo nos quedamos perplejos, mirando a Fabio, que había resumido 25 años de su existencia en tamaña frase: ¡Yo tenía un bus y lo vendí! Desde ese momento en adelante, encontramos un leit motiv para nuestras conversaciones, que se popularizó por mucho tiempo y con el que decoramos muchas charlas. Cuando alguien nos pregunta algo y queremos dejar intactos nuestros secretos, o no quremos decir nada más, soltamos la frase de Fabio. Aunque nunca descubriremos la verdadera intención del autor, porque lastimosamente Fabio, el gran Fabio, el que tuvo un bus y lo vendió, ya ha muerto. Pero gracias a su frase ¡cómo lo recordamos!

Julián González-Lema

Comments

Anonymous said…
Mi querido hermano, perfectamente narrada una anecdota que aun nos divierte tanto, y que confirma que seguimos siendo los mismos a pesar del tiempo, y que gozaremos por mucho tiempo con nuestras numerosas "maximas"
Anonymous said…
está del putas este post. Que capacidad de síntesis la de Don Fabio y uno que se riega contando cada detalle de la vida. Hoy he aprendido algo.
Saudade said…
Jjajjajajajajaja "yo tenía un bus y lo vendí!"

Excelente!

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