Lo que se recuerda.


Uno de los que considero pasatiempos favoritos del ser humano (y también debemos admitir simultáneamente que es uno de los más peligrosos) es darle vueltas a los recuerdos, sobretodo los que tienen que ver con el amor; aunque cabría decir también: lo que ha parecido "amor".

Estando por ahí solitario en la casa, en el cuarto, en la cama; se crea el ambiente propicio para reverdecer momentos que se han ido colando en la memoria para siempre, queriendo o sin quererlo.

Ensoñaciones (porque eso son, ya que se recuerdan algunas parcialidades subjetivas que la mente asume, mientras otras -tal vez, más acertadas- las desecha) nos acosan en ese escenario personal y nos permiten evocar situaciones pasadas que marcaron etapas en la vida de cada uno; dejando diferentes sensaciones en el instante en que sucedieron y que revuelven otras distintas en el momento de recordarlas.

Una palabra, un gesto, un beso... Se recuerda vívidamente, sin lugar a equívocos, sin filtros, sin desviaciones. Es siempre el mismo beso en la memoria del que se queda viéndolas desde la misma posición; pero cuando uno navega esos terrenos con nuevas informaciones o nuevas actitudes hacia la vida, hacia los hechos; ese beso o esa frase o esa mirada definitivamente es diferente, se convierte en algo totalmente lejano de aquello que se fundó en el vasto terreno de lo recordable, de lo memorable; entonces cambia delicadamente hasta formar otro tipo de ficha en el cerebro. A veces para bien, y muchas veces para mal, porque todo adquiere una nueva óptica, que nos permite revelar los puntos ciegos de esas memorias que tanto atesoramos pero que realmente han sucedido con diferentes objetivos y desenlaces para un ser y para el otro.

Algunos momentos de esos, en los que un recuerdo importante se convierte en algo escaso, impropio, hasta aborrecible; aparecen en instantes muy adecuados en la vida de cada cual, porque se recuerdan malos pasos, malas frases y actitudes imbéciles que también pasan a ser inolvidables, por todo lo que nos pueden indicar sin vergüenza, de cómo fuimos, de cómo somos, de cómo queremos ser, recordar y ser recordados.


Esas cosas que pensamos que en otros timepos nos dolerían, vuelven a colarse en nuestro presente; ayudándonos a convertir la realidad en algo comprensible, pero más que todo amigable; ahuyentando dolores y confirmando otras sensaciones que ya no hacen tanto mal, que ya no asustan; que ya no provocan ni al corazón, ni a la mente moverse hacia terrenos en los que se abandona la esencia de cada uno; donde uno es otro, en una búsqueda afanosa del reconocimiento, de la aprobación de ese otro.

Esos ratos nos guían, nos descubren nuevos, nos ayudan a formular unas pautas de comportamiento más atinadas; que recrean los momentos en que somos verdaderamente ingenuos y que no tenemos miedo de serlo; porque nada nos puede dañar ya, porque somos más fuertes que esos recuerdos dañinos y tuvimos la fortuna de recomponer los que no lo fueron tanto. Les dimos la dimensión adecuada para ser recordados, les acabamos el puesto fijo, les aseguramos la vida corta y les confirmamos la fecha de expiración. Y se moverán despacio dentro de nosotros, pero lo más probables es que otras memorias los suplan, los opaquen, con mejores argumentos y definitivamente menos amarguras.

Como los que se están fundando ahora, y desde hace un tiempito.


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Julián González-Lema

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