Cuidado con los dientes.

Una de mis grandes aficiones, para la cual me desempeñaba muy bien (creo que tenía un feelin´ con la vaina, un talento… ¡porque genes me sobran!) a lo largo de mi vida, desde que fui aprendiendo sus artes, sus mañas, sus sabores, sus resultados inmediatos, sus resultados no tan inmediatos, sus vergüenzas y sus misterios; era beber trago, pero no tipo catador, con sorbitos señoriteros, sino beber como un loco, pero trago del bravo, el famosísimo y miedoso Aguardiente Blanco del Valle.


Porque aunque conozco al dedillo muchos otros tragos igual de miedosos, igual de efectivos e igual de enlagunadores… lo mío siempre fué el guaro, por eso de que “al marrano, con lo que lo criaron”. Eso no se improvisa.

Entonces ya después de darles este abrebocas, pues me voy a aventar a echarles un cuento de esos de no creer, porque sencillamente es de no creer.
Estaba yo en la finca de un tío, con muchos otros familiares. Era un puente de esos que abundan en nuestro país, de esos que gozamos; para mayores señas era un puente con Halloween a bordo. Era el año 2004, uno de los años más borrascosos de mi vida, y pues la ocasión estaba servida para pasar todo un fin de semana de fiesta, a ver si la borrasca se pasaba un poco. Encima el esposo de una de mis hermanas cumple años en el día de las brujas; o sea, ese fin de semana estaba escrito: “…nadie se salva de la rumba, cualquiera lo lleva hasta la rumba…”


Calcule: finquita vallecaucana, clima cálido, piscina azul-azul, sillas para asolearse. Semejante marco, hace casi imposible evitar el guacal de cerveza “Poker” helado, para acompañar la charla con el pocotón de gente que somos cuando vamos a esa finca. Y empieza uno a tomarse la primera birrita pa´l calor y se pone a bailar con una botellita en la mano lo que esté sonando (¡qué parezca fiesta!). La ingesta de esta bebida es el comienzo de toda rasquita que se respete. Porque es efectivamente el inicio, ya que después de unas 5 o 6 cervecillas uno, pa´ carburar mejor, se pasa al diesel, al demonio este que es el “coblan del lleva”.

Y uno empieza a ponerse bien alegrón, canta más duro, empieza a llamar gente del celular; algunos lo ven cansón, otros son felices con tanta payasada que se viene. Mejor dicho, uno está conectado con otro tipo de personaje que habitualmente no es (el mío se llamó Max Volta y tiene unas historias bravas, como esta), pero pues habitualmente hay gente que lo ve siempre a uno de noche por ahí, y cree que uno es ese. No los culpo.
Así transcurría ese fin de semana, que no difiere mucho de los demás, cuando se reúne esta caterva de amantes de la bullaranga y del desorden.


Ya el domingo, que era el día de Halloween, armamos una fiesta de disfraces con todos los que estábamos allá; entonces cada quien se dió a la tarea de confeccionarse un disfraz con lo que hubiera. Yo, cómo no, me acomodé uno de “capataz”. Fui a la casa de Emilio, el mayordomo de la finca en la que estábamos y me aperé, en medio de mi prenda, de algunos corotos clásicos de la pinta de trabajo del hombre. Sombrero, bota pantanera, camisa a cuadros, pañolón… Bueno, esas vainas.

Después, como es costumbre en estas fechas, me armé de maquillaje para dibujarme mi buen mostacho y las grandes patillas, que caracterizan a estos señores.
Ya con todo listo, hasta el machete en el cinto, me acomodé en el kiosko de la finca y empezamos con los demás a bailar y a cantar. Buenos ritmos, buena cadencia; bailando con las primas, cantando a los alaridos con los primos; mejor dicho, la felicidad hecha familia. Y bueno, aderezados todos estos eventos por ríos de licor.
Que no quepa la menor duda, la felicidad de esta familia, por lo general, es directamente proporcional a las cantidades de licor que fluyan por las venas de cada integrante, y pues, como pueden imaginar, yo era uno de los que más “felicidad” aportaba a la causa general.

El Blanco, como le decimos los de confianza, es un elixir que da más pila que cualquier cosa, y tiene una generosidad incalculable, gracias a su módico y asequible precio, amigable en cualquier situación; y en estos casos de tanta gente, pues entre más cantidad de trago, empieza a salir más barato comprar garrafas que canecas. Se podría llenar un lago con lo que teníamos en las reservas para esa fiesta (y otro chiquito con lo que yo tenía corriendo por mi cerebro ya).

Aquélla noche de disfrazados ebrios, las averías cerebrales comenzaron bastante temprano. Yo raspaba la peinilla en el piso y le sacaba chispas, nos tomábamos fotos, nos comimos la torta del cumpleaños. Aunque rato después las mujeres empezaron a sucumbir al sueño, los padres ya no aguantaban más el trajín del ruido ni los disfraces, además el día anterior la faena había sido pesada también; por consiguiente íbamos quedando menos participantes en la fiesta conforme pasaban las horas, que ya eran de la madrugada. Yo decidí, con el poco de cordura que aún me acompañaba, que mejor iba a soltar el machete, porque me dió una cosa de esas de las señoras, me dije “¡Qué tal que pase algo, es que el Diablo…” Y dejé la cosa en la casa.


Acá empieza el relato a ser un articulación de flashes que me invaden y me evaden para contar la historia tal como sucedió; pero bueno, hay una opción que se ha hecho válida, de tanto repetirla, es como la versión no autorizada.

Resulta que la gente se fué a acostar, como dije, y a alturas de las 4 AM sólo quedábamos en pie de lucha mi primo David Lema, el célebre nieto de Fabio (el del bus) y reconocido en el argot familiar como el “Tego”, remoquete producto de su afición por el reggaetón.

David y yo, ebrios ya, no cabía la menor duda, insistíamos en seguir la juerga oyendo musiquita de esa que llega al alma y pega duro. Yo estaba algo alicaído, por un asunto del corazón (bueno, la realidad es que casi siempre es por eso que a mi se me cae el ala, otras veces es por el bendito Ameriquita) y a esas horas, las canciones se ponen más exactas, cuentan mejor la historia de uno que uno mismo. Si, esa fue la reunión que el Tego y yo seguimos en ese momento, musiquita y más aguardiente, pa´calmar o extirpar las penas. Todavía quedaba una botella y uno nunca se va, en esos casos, hasta que no ve el vidrio seco por dentro.

Y nada, yo ponía una canción, la cantábamos a grito herido (…¡Olvídala mejor olvídala!!!...); Tego ponía otra y así se iba dilatando la cosa. Entonces el Tego se puso a hablar por celular, a esos instantes de la madrugada (esta es la hora que no se con quién), y yo me quedé con la música y el guarito.
De un momento a otro, yo me serví uno, más bien grandecito, pa´ bajarle un poco el efecto a la canción de turno, que me daba en el alma. Cuando me lo tragué, sentí algo de ardor en la boca. Lo primero que pensé, en medio de semejante rasca, fué que estaba bravísimo ese aguardiente. Pero bueno, lo obvié, y seguí en lo mío, esperando que el Tego volviera, porque ya tenía en mente la próxima sesión de alaridos: “No merezco tanto silencio” de Jorge Celedón. Porque uno por allá en el campo se acerca más a lo que es, deja el “drum n bass”, se retira un poco del “RnB”, se olvida un toque de los ritmos citadinos. Recuerden la frase del sabió Candé… “¡Es que venimos es de abajo!”.


Esperando al Tego, me tome otro traguito, más pequeño porque el ardor del otro me había dejado medio advertido… Pero otra vez un ardor tremendo en la boca. Ese no me lo tragué sino que me lo dejé en la boca un momento y ese calor se repartía por toda mi garganta, pero bueno, yo dejé los pensamientos para después, me lo pasé rapidito no más.

Después me sorprendí, porque me pasaba la lengua por los dientes, y me los sentía algo extraños, como afilados; cuando mi lengua los recorría sentía serias irregularidades pero mi estado etílico me impedía discernir con claridad que era lo que pasaba, y pues que más iba a hacer ahí solo, el Tego seguía dando cháchara por el teléfono… entonces me apuré otro, ya qué diablos.
Pero bueno, mi enigmática situación seguía robándose mi poca atención, pues además de sentir el filo de algunos dientes, sentía también como uno de los del centro se iba para adelante y para atrás, estaba como flojito. Y yo, embriagado, no entendía, sólo aguantaba el ardor después de cada aguardientazo. Cuando la botella bajaba a menos de la mitad, el Tego ya venía y yo le alistaba los shots que le hacían falta para ponerse al día conmigo.

El hombre se tomó uno y yo lo acompañé. Cuando sentí el ardorcito otra vez, no aguanté la curiosidad… Y con la lengua más enredada que gago con hipo, le pregunté a David: “Tego, marica, ¿qué es lo que tengo?” Y le abrí mi boca para que el man me sacara de semejante incertidumbre. Mi expectatica se fundaba en el diagnóstico de mi primo, que si no sentía los dientes filudos, igual podía estar viendo vacas rosadas porque la rasca de ambos estaba ya adelantada, era monumental.
Pero cuando terminé la frase, con mucho esfuerzo, y abrí la jetica; la expresión del Tego fue asombrosa, se paró como resorte y me zarandeó diciéndome: “¿Qué te pasó, marica?” Y pues eso no se le pregunta a alguien disfrazado de capataz de finca, y mas borracho que capataz de finca en día de paga… ¡Yo qué le iba a decir!… Bueno, si le dije algo, le dije “¿Por qué?” Pues qué idea iba a tener de que algo me hubiera pasado.


El hombre siguió mirándome la boca, sorprendido, y me seguía indagando “¿Te caíste?”, “¿Con qué te pegaste?”. Mi respuesta no podía ser otra que un vacilante “No sé”; en cambio, le decía: “Tego, enderezame este diente que lo siento como torcido”.

Y el man, totalemente pasmado, me miraba asombrado, asustado. Me paró y me llevó a uno de los cuartos de la finca, donde estaba durmiendo el novio de una prima, que coincidencialmente es odontólogo especializado como rehabilitador oral. Lo despertó y le mostramos lo que tenía en la boca. El man entredormido, no entendía nada, yo tenía la boca ya con un sabor a sangre con aguardiente ni el berraco, pero seguía sin entender nada. Igual Mauricio tampoco podía aterrizar, porque yo seguía disfrazdo, y ebrio… Generalmente uno no es creíble bajo esas condiciones.
Cuando ya el Tego aseguró que era verdad y que yo no daba razones, el man miró otra vez mi boca y examinó mejor los dientes filudos y el que se columpiaba y sentenció un lacónico: “Uy, eso está feo”.

Me acostaron para que descansara un toque, eran como las 5 AM, y Mauricio dijo que apenas amaneciera, me llevaría de urgencia a la clínica de él, pleno lunes festivo, a acomodarme los 4 dientes que me quebré. Y esta es la hora que no tengo, ni nadie tiene idea de qué pasó.
Obviamente, teorías sobran, van desde señales divinas pa´que no tomara más, hasta duendes campesinos que me robaron mis dientes, que parecen de marfil pulido. Pero no hay una que tenga más votos que otra, no se sabe que pasó, sólo una regresión lo podría esclarecer; pero no me le mido, porque prefiero una historia fantástica a saber la verdad, quién sabe qué clase de dolorosa estupidez pasó y me bajó 4 preciosos pedazos de dentadura.

Lo que si le recomiendo a la gente, cuando alardea frases como “¡Hoy me la pego!”, “¡Vamos a tomarnóslos todos!”, ó la clásica “¡Hasta que me sepa a orines!”; es que, si, hagan lo que quieran, pero ¡pilas con los dientes!


Julián González-Lema

Comments

Anonymous said…
una experiencia traumtica, pero que depues nos reimos inventando historias asombrosas para explicarlo. un momento para no repetir
Anonymous said…
jajajajaja, me volví a reir como boba.
Anonymous said…
UNA HISTORIA MUY BIEN NARRADA PERO BASTANTE DOLOROSA,UN DIA MUY DURO , PERO OJALA SE ALLA APRENDIDO LA LECCION
Anonymous said…
Y el Ratón Peréz apareció?
Anonymous said…
Que berraquera de escrito lo mejor es que fue real, yo fui su principal testigo.
Anonymous said…
Y seguro que sigue bebiendo..
Anonymous said…
muy chistoso señor lema, me hizo acordar de una de mis borracheras con blanco que a su merce le toco lidiar...

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