Rojo de la ira.
El colegio es una época inolvidable, por lo buena o por lo mala, dependiendo del sujeto que la recuerde. Para mí ha sido inevitablemente de las mejores, pues la pasaba muy bacano, relajado, con muchos amigos y muchas niñas qué cortejar. Eran los días maravillosos del Colegio Hispanoamericano en Cali.
Recuerdo con mayor agrado los ultimos años: 9o, 10o y el 11o, donde uno es más notable; todo se le hace más fácil, se pierden ciertos miedos, y empieza uno a sentirse “grande”. Sobretodo porque en eso años las peladitas pequeñas lo ven a uno como ven ahora a un cantante famoso, algo por el estilo (yo tenía una pequeña fanaticada). Buenísimo. Por el lado de los amigos, esos años también han sido los mejores. Siempre fui de los más cercanos a todos, por diferentes que fueran; de alguna manera yo cabía en todos los parches. En 10o armamos uno de los combos más indeseables para una profesora inexperta o para un director de grupo que enseñara química, pues éramos bastante revoltosillos e indisolubles.
Conformábamos esa cuadrilla 6 personajes: Álvaro Cárdenas, Gustavo Cifuentes (que al final no pudimos salvarlo y se quedó en ese 10o), Pipe Mejía, Carlos Ortiz, César Suaza y yo. Siempre andábamos juntos, aumentándonos los castigos, o tratando de chancuquearnos las tareas de todas las materias unos a otros. Pero bueno, trabajábamos siempre unidos, o mejor dicho, acompañábamos a Carlos Ortiz a que trabajara y nosotros (los demás) por los laditos, le dábamos apoyo moral… no más, no menos.

“Orson”, como le llamábamos en esa época a Ortiz (yo aún lo hago, y el apodo me salió de aquel personaje que salía en el programa de TV de Garfield), estudiaba siempre; nos daba la mano casi en todo a los otros y era una cosa implícita entre nosotros. El hombre hacía el gasto y nosotros nos dejábamos irradiar de lo estudiado por él.
Por ejemplo, los libros que había que leer, de esos que mandan en el colegio tipo “Juan Salvador Gaviota” ó “Platero y yo” ó quién sabe qué otro platillo literario indigerible, pues los demás no lo leíamos. Esperábamos, pacientemente jugando Nintendo, la exposición previa de Orson, y llegábamos al examen con ese resumen profundo y estilizado que hacía el hombre.
Asi era el canon entre nuestra cofradía de pérfidos, de insaciables jugadores de fútbol e imberbes bebedores de las primeras cervezas. No podía ser diferente entonces el día que el director de curso, que oficiaba igualmente como profesor de química, planteó una famosísima y memorable “Guerra de Estrellas”.
La “Guerra de Estrellas” era un éxamen disfrazado de dinámica para grupos (pero no dejaba de ser examen) y ahí mi querido amigo Orson, cuando de notas se trataba, era algo competitivo. Esta diámica calificable se trataba de hacerle a cada grupo de 6 personas unas preguntas, tipo quiz, y, como todo examen, de las acertadas o no acertadas dependía la nota; la cual podía mejorar o empeorar si uno contestaba bien o mal las de uno o las que los otros grupos no pudieran contestar; es decir, las preguntas no contestadas por unos, las podían resolver otros, y así, como en los concursos de Pacheco de unos años atrás.
Nuestro grupo, como recuerdan, era de solo hombres. En este caso, como perfecto antagonista, había uno de solo viejas, y Orson, cómo no, era algo misógino en esas épocas colegiales (no se ahora). Y en el grupo de las chicas estaba la mejor estudiante del salón con sus respectivas rémoras, igual que nosotros, eran nuestro reflejo.
Desde ahí, pues por esas cuestiones de la “guerra de los sexos”, cazamos la disputa por la nota más elevada con el grupo de las hembras.
Al principio del concurso nosotros arrancamos con una buena ventaja, pregunticas fáciles que celebrabamos a rabiar, desatando nuestra emoción y dando unas estocadas de humillación al burlarnos con sorna de las desgracias de los demás grupos, sobretodo el de las peladas.
Pero extrañamente nos confiamos y de un momento a otro, solo perdíamos los turnos, y las rebotadas preguntas se nos iban por milimétricas cuentas. Ronda tras ronda veíamos como en el tablero de puntuación caíamos del primero al segundo, del segundo al tercero y así, perdíamos puestos cada vez más y, cómo no, las niñas encabezaban la carrera por la nota sobresaliente.
Entonces a mi, que de la euforia pasé al desespero, me dió por pedalear a Orson; comencé a decirle que esas viejas y el profesor estaban amangualados para que nosotros perdiéramos, que a nosotros no nos daban suficiente tiempo, que a ellas les rebotaban más preguntas porque tenían un grupo de torpes al lado, que Javier (el profesor de química, al que todo nuestro grupo detestaba y se la montábamos hasta estallar de risa al remedar su popular saludo eterno: “¡Buenassss tardessss!” -con los brillos en high-) les estaba valiendo aproximaciones que a nosotros nos penalizaba, y bueno, muchas más cosas que empezaron a desatar en Orson una furia descomunal.
Al mismo tiempo que yo, los demás empezaban a desencantarse con nuestra ubicación en la tabla de puntuaciones, y arrancaron a afanar a Orson para que respondiera mejor, más acertado, más ágil; para poder alcanzar a las viejas; no, mejor, pasarlas de nuevo y ganar. Era de vida o muerte para todos y mi querido Ortiz empezó a respirar más y más fuerte, se veía que esforzaba su cerebro y quería darnos la satisfacción del triunfo en la Guerra académica.
En una pregunta más, a las chinas estas se les volvió a dar (según nuestro sesgado criterio) más tiempo que el normal, y en ese momento comenzamos a irradiarnos todos. Las viejas contestaron bien y celebraron muy emocionadas, haciendo una burda imitación de nuestro original y varonil canto de victoria. Entonces nos dedicamos a decir que era trampa, al interior de nuestro equipo.
Cuál no sería nuestra sorpresa cuando vemos a Orson levantarse delante del salón entero, que en ascuas veía lo que sucedía, a gritarle a Javier a los cuatro vientos: “¡Dejá de darle más tiempo a esas viejas tramposas; si querés que ganen pues decinos!”
Al ser testigos de semejante estado de alteración en Carlos Andrés, una de las viejas del grupo, la más rémora de todas y tal vez la más suicida, se paró también y le dijo: “Ay Carlos, dejá de ser tan ridículo”. La palabra “ridículo, cuando uno tiene 15 o 16 años, suele ser más hiriente que cualquier madrazo, pues las hembritas la entonan con una capacidad histriónica tan ofensiva que cualquier hijueputazo parece un piropo. Y ahí todos pensamos que era el acabose…
Javier nos daba órdenes a los del grupo para que calmáramos a Orson, Orson le gritaba a Paola Grajales: “Wally, vos callate, maldita rémora”. Y esta le responde, más alevosa, algo así como que conmigo no te metás que vos no sabés quién es mi papá… El ambiente en todo el salón se caldeó; Orson miraba con furia a Javier, que solo atinaba a decirnos que calmáramos a ese muchacho, y nosotros le decíamos que era culpa de él, por asaltarnos.
Valeria, la de las notas más altas, la de mejor promedio, la número uno del salón, empezaba un llanto tímido; pues Orson seguía lanzando algunos improperios contra el desleal grupo femenino, y ella se sentía centro de las amenazas de Carlos Andrés, el desencajado Carlos Andrés.
Yo trataba incesantemente de calmar a mi muchacho, y lo logré sentar a mi lado. Ahí se apaciguó un toque, y empezó a respirar fuertemente, mientras las manos gesticulaban unos puños. Era la furia hecha hombre, y yo trataba de controlarla, ingenuamente.
De un momento a otro, su respiración se calmó un poco, el ritmo de su ira iba cambiando. Entonces Javier, algo temeroso, decidió que el concurso siguiera.
En la siguiente pregunta, cuando todo volvía a la normalidad, empecé a sentir como uno de los puñitos de Orson me tocaba un brazo, y a escuchar un susurro ininteligible. Cuando miré a mi querido amigo, lo ví totalmente rojo, la piel estaba tomatácea; me trataba de decir algo. Yo no le entendía, su voz salía entrecortada, trataba de balbucear palabras y me seguía tocando con el puño para que hiciera algo, pero yo estaba perplejo, no le comprendía.
Ponía más cuidado y alcancé a escuchar, entre su asmático gesto, que me decía: “Marica, marica… Aghh… Marica”. Y ahí estaba yo, muy azarado ya; el hombre rojo de ira solo podía medio decir “marica”. Yo empecé a zangolotearlo a ver qué pasaba, a ver si podía decirme algo más… El viejo Ortiz estaba completamente engarrotado, seguía con las manos en puño, la cara roja y la voz ida.
Por fin dijo un poco más claro: “Marica, marica… ¡No puedo respirar!”
Al ver esta desesperada acción de supervivencia, Javier alertó a Gustavo y al negro Suaza para que cargado lo llevaran al baño, para que se le pasara esa vaina tan rara, y estos lo hicieron velozmente, ante la atónita mirada de todos los demás… y el llanto de Valeria provocado por el pánico.
Como pueden imaginarse, la “Guerra de Estrellas” no tuvo final, nunca sabremos quién ganó esa disputa de sexos, esa juvenil descarga de hormonas y sabiduría. Pero de algo quedamos seguros cuando trajeron a Orson del baño y no podíamos disimular la risa que nos daba recordar ese instante tan exaltado, que nos entregaría uno de los recuerdos colegiales de mayor "rating". Que nos permitió enterarnos de que entre más ira, más rojo se pone un cuerpo y entre más agite, menos aire queda para hablar. Asi que ¡pilas se quedan en una pataleta!
Julián González-Lema

Comments