La navidad que no fue.

El 21 de diciembre de 1998 la enfermedad causada por la vejez y el desaliento que le daba ya vivir, fueron causantes de la muerte de uno de los grandes personajes que han transitado por mi vida. Ese día, en las postrimerías del año, invadidos por el ambiente navideño, mientras el olor a pólvora se apoderaba de la atmósfera y el incesante sonido de la guachafita (de las que se arman después de una novena) zumbaba en el oído; se iba para siempre de este plano, uno de los mejores amigos que haya podido tener.



Fué uno de los momentos más difíciles que he tenido que enfrentar. Súbitamente una relación cultivada por once años se vió desterrada eternamente; para después ser vivida solamente por medio de recuerdos, de una revisión constante de fotografías, de una recomposición de sonidos de los momentos compartidos… en fin, lo que en últimas siempre deja una inesperada pero inevitable despedida.
A mi me tocó la funesta (y miedosa por demás) situación de verlo agonizar, y tratar de que esos momentos no fueran tan difíciles (ni para él ni para mí). Lo acompañé en sus últimas respiraciones, cansadas, lentas, inconstantes. Le hablaba, mientras sus ojos estaban ya viendo el túnel, lo recosté en mis brazos cuando ya no quedaba nada por hacer. Él y yo, solos en la sala de televisón de la casa, su sitio favorito, mientras el bullicio y la felicidad de la fanfarria afuera hacía estruendo en el momento menos oportuno.
Lo puedo sentir cada vez que pienso en ese instante. Las decisiones inmediatas que tuve que tomar: para dónde lo llevaba, que le ponía para despedirlo, a qué gente avisar. La pérdida no me dejaba pensar bien, pero tomé la batuta del tema. Sin consultarle a nadie, para no aguar la verbena callejera en la que estaban los demás.


Decidí que lo mejor era enterrarlo cerca de nosotros (mi familia) y contar la situación tiempo después, cuando se notara su ausencia o nuestras malas caras después del insuceso nos delataran… igual sabía que sólo a nosotros (por lo menos a mi) nos haría tal falta. Me fui al patio de la casa, y con ayuda del Flaco (mi cuñado), que llegó en el momento a visitar a Ángela y me vió consternado pero decidido, empecé a palear la tierra, para hacer un hueco en el que moraría eternamente.

Había que hacerlo rápido, mientras tuviéramos menos tiempo para reaccionar ante la decisión. Terminamos en menos tiempo del esperado, y ahí si que temblé un poco, bajarlo al hoyo fue de lo más tenaz ke tuve que hacer aquella infeliz noche decembrina. Al ponerlo en la fría tumba recién ideada, cuando su peso de muerto se hacía inmanejable, sabía que era el último instante; no había más tiempo, ni para despedidas, ni para lágrimas. Lo tapamos con la húmeda tierra que habíamos sacado el Flaco y yo, pues mi hermana Ángela, mi mamá y mi papá estaban todavía en la guacherna. Y fue mejor que se diera así.



Tuve que enfrentar la mala fortuna de verlo morir, y luego dar la noticia a los demás. Cuando mi hermana Jimena llegaba de Popayán a pasar la navidad en la casa, me tocó informarle la mala novedad en el acto. Algo muy doloroso, por donde se le mire. Sobretodo porque el decorado del set, eran regalos, lucecitas, papasnoeles y demás decorativos y la chimenea de madera que mi mamá tenía para los diciembres (de armar y todo, hasta el fuego).
La llevé al patio de la casa, dejé que mirara el escenario, a ver si notaba la anomalía. No demoró mucho, pues la tierra recién removida, y las florecitas con que había decorado la final morada dieron más que señales a mi hermana menor, que rompió inmediatamente en llanto. Nos abrazábamos. El Flaco trataba de unirse, pero nos dejó solos pues era algo más que familiar entre ella y yo, ya que lo conocimos desde siempre, y ahora estaba bajo la tierra del patio.


Nuestras lágrimas demostraban lo compenetrados que éramos con ese french poodle (mascota por excelencia de la clase media caleña a finales de los 80´s, principios de los 90´s), el afamado, inolvidable Pilín. El perrito que tuvimos desde niños, hasta que ya empezamos a ser jóvenes adultos. Aquel flacucho y juguetón, que cantaba Guns and Roses conmigo, que ya había muerto y resucitado delante de Alejo (mi amigo) y yo, dos meses antes, avisando lo que ahora enfrentábamos. En esa noche de una navidad que no pude gozar como las otras; como la canción del gran Darío: la navidad que no fué mía,

Julián González-Lema

Comments

Anonymous said…
Que bonita historia, me acordé de mi moticas.
Anonymous said…
Que momento tan triste de nuestra vida, que golpe ver la tumba de nuestro leon pitite. Lagrimas del alma derramamos en esos dias....Excelente que lo hayas elegido como historia, y excelente como diria la mama de Denis que aparezca en tu blogg yo por fin.

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