El Hombre Increíble (Hulk) y yo.


Un día tomando tinto por ahí con mi amiga DC, ella me dijo que a mi vida llegaría un amor que acabaría con todos los malos ratos y todas las acciones erráticas que ya me empezaban a caracterizar, pero yo no le creía, me parecía que ya estaba echada la suerte y bueno se dió, inesperadamente, inexplicablemente (y ahora pienso en DC y digo: "Esta mujer es como bruja, entonces hoy amiga DC, ¡Feliz Día!") apareció en mi vida... Con Wendy Lulú, la cosa ha empezado muy bien... 

Y es que la pienso mucho, mucho, todo el día la pienso. Porque me gusta mucho, me ha borrado de la memoria un poco de cosas que nunca sirvieron, y yo creía que se iban a quedar ahí anquilosadas para siempre. Pero mi amiga DC me lo había advertido, que en menos tiempo del esperado, Wendy Lulú aparecería porque aparecería, y vea, ¡tenga! Ahora que me rondan todos sus recuerdos en la cabeza, pero más en el corazón, me revuelve todo, me lleva a recordar la tarde del tinto con mi amiga y su augurio mágico, como los mágicos recuerdos que ya existen de la Wendy Lulú.

Elle no sabe como me siento. No lo sabe pero lo provoca y es delicioso; una aventura que me recrea mis mejores días: me recuerda las cosas tan opuestas y locas de cuando era niño: por ejemplo, pónganle cuidado a este relato corto de una de mis experiencias más extremas de mi querida y lejana infancia de potrero y cañaduzal vallecaucano. Por las noches a mi (y ¡solo a mi! calcule, las probabilidades en una casa con 5 integrantes), se me aparecía el "Hombre Increíble".

Si, yo veía a Hulk, face to face, cada crespúsculo en nuestra casita del ingenio San José, allá en Palmira. Al hombre me lo topaba yo saliendo campante del clóset de mi cuarto, y apenas entraba en escena esa mole de carne verde frente a mi, yo inmediatamente me tiraba al piso, no se si para que no me viera o para que no me hiciera nada, sólo esperaba pacientemente ahí tirado en el suelo a que pasara rápido y se fuera para la cocina, para donde siempre se iba (quién sabe a qué, pero con ese miedito quién iba a ponerse a averiguar)...

Y ahí ya me podía empiyamar tranquilo después de que el hombre este se paseaba por mi casa y nadie más lo veía, porque ¡que maldito tan sigiloso!, a veces le pasaba a centímetros a mi mamá, pero yo no decía ni mierda. La bestia siempre caminaba mirándome de reojo, bastante amenazante pero calmado, entonces ni modo de hacer aspavientos, había que dejarlo ir, a que hiciera lo que sabrá Dios hacía en esos parajes cañeros...


Tampoco puedo olvidar que yo no era capaz de musitar palabra alguna, no sólo por la turbadora mirada del mohán aquel sino porque obviamente a mi se me iba la voz, de eso que uno hace el esfuerzo de gritar y no sale. Por eso nunca podía avisarle a nadie, no podía alertar a mis familiares del peligro que corríamos con semejante adefesio que la ciencia y el error habían podido crear, y claro con el susto mas hijueputa que alguien con tres años puede sentir.


Y pues ahora pienso en eso, y me río, me río mucho y mucha gente se ha reído de mi cuando les cuento la historia, la de mi íntima relación con el "Hombre Increíble". Pero quizás no puede Wendy Lulú entender porque la cuento ahora, y la respuesta es muy sencilla, como podrán ver.

En estos días, de cosas nuevas, de tantos momentos buenos y de tantos sueños por cumplir, siento lo mismo que sentía por allá en esas noches en que el hombre verde salía de mi cuarto, después de haber pasado el día entre mis piyamas de búhos y de pescaditos de colores inverosímiles.

Es exacta la sensación: la veo todos los días y me asombra su presencia; me tiro al piso para verla pasar a mi lado y sólo observo, para no dañar su marcha, para no impedir sus pasos; me mira como alguien que sabe todo lo que tiene, que descubre todo lo que puede pesar un error, y yo quieto no puedo pensar en arruinar su presencia, mínima pero absoluta.

Por eso pienso que desde niño se ver las cosas mejor que los demás. Nadie en mi casa vio nunca a Hulk salir de mi clóset, éramos él y yo, frente a frente cada noche, en una danza íntima, pavorosa pero íntima.
¡Y yo lo veía! indiscutiblemente, fue así todas las noches. Y así, hoy en día la veo a Wendy Lulú, con la misma ansiedad como cuando tenía tres años y estaba seguro de que lo mejor era guardar mi secreto y no decir lo que percibía.

Ahora la siento a ella, la recuerdo y la sueño; claro, con un susto como en esa época pero seguro de que aquello que sólo veo yo, nunca podré olvidarlo, ni menospreciarlo: es vital, es inconfundible, es real y es mío.


Julián González-Lema

Comments

Anonymous said…
Esta buena la relacion que haces. Y como siempre una historia buenisima, de esas que se la imagina uno y se rie solo. Chao
paU2la said…
que bueno es sentir miedo, sobretodo porque siempre hay alguién que se lo quita a uno y de una manera muy, muy especial.
Anonymous said…
Acordarse de esos miedos es bueno, esos los de niños porque al menos esos tenian colores, verdes o naranja o uva y jugaban (a las escondidas por ejemplo), los de ahora no pero me diste una buena idea, ponerles un color y jugar con ellos.

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