Registrando itinerarios.
REGISTRANDO ITINERARIOS
Tengo una anécdota de hace años, cuando anduve por el pacífico colombiano, buscando un documental, pero resultó una experiencia algo desatinada; pues el pacífico, naturalmente, no es tan pacífico.
Fueron dos viajes efectuados a las playas de Juanchaco y Ladrilleros, por 4 estudiantes-turistas de comunicación social, con un deber a cuestas (un trabajo universitario); allí me surgió la necesidad de escribir los eventos, lugares y personas más representativas que rodearon esta “expedición”. Comienzo pues a esbozar lo que recuerdo con más frescura y asombro de mi paso por esas (ya) lejanas tierras. Verán ahora pues un glosario de lo que fueron para mí esos 2 viajes. La reflexión de la memoria, ya de nuevo en la cuidad domesticada, sobre los hechos ya enfriados.
Glorioso glosario (en desorden alfabético)
Taxi Transmar:
Vehículo de la empresa Transmar que cubre la ruta Cali-Buenaventura por la módica de $15.500, con recorrido hasta el domicilio de cada pasajero una vez se llega al puerto. Este medio de transporte se desplaza por la vía al mar diariamente, es una buena opción para quienes desean viajar con menos gente y ser despachados a su lugar de llegada. Es la única opción para aquellos que viajan un domingo a las 7 PM.
El auto debe llevar el cupo completo, 5 personas en el móvil: el conductor y 4 pasajeros, para que al conductor le salga rentable, de lo contrario el motorista deberá cancelar la suma de lo que no “llenó” (mala cosa para todos: para él si no “llena”, para uno pues si no “llena” no arranca!).
Por lo general sucede que la gente que no se conoce emprende el viaje en un papel de timidez absoluta, las intervenciones sólo están autorizadas para el chofer y a los pasajeros como norma se les permite un “si”, un “no” y un “aja”. Pero en viajes no habituales suele suceder que el último pasajero que haga su ingreso al automotor venga pasado de tragos, listo para contar anécdotas durante todo el recorrido, a las cuales solo se le permite inmiscuirse al conductor al principio. Ya después los demás pasajeros pueden formar parte de la ronda de opiniones: que la carretera es muy tranquila, que la música está buena (boleros de Celia Cruz) y demás trivialidades que propone el ebrio pasajero.
Como mejor muestra esta: el ebrio pide la hora y se le dice que son las 7 PM, el pregunta que porqué está tan oscuro, nadie entiende pues es lógico, a ver: noche= oscuridad. Resulta que el hombre en medio de la rasca se quedó dormido, al despertarse recordó que el lunes a primera hora debía ir al bello puerto del mar a felicitar a su madre por el cumpleaños. Eso hizo, mas o menos, se levantó, salió para la terminal a las 7, a primera hora para él, llegó y abordó nuestro taxi creyendo que era la madrugada del lunes: buena anécdota la verdad, lástima haberla escuchado durante 15 ocasiones en el transcurso de las 2 horas y 25 minutos que dura el trayecto de la vía en un taxi Transmar. Aunque al ebrio se le reconocen las buenas dotes de anfitrión pues tuvo el buen detalle de pagar dos rondas de cerveza “Poker” en lata, y luego carear a su vecino de asiento (yo iba de copiloto, ellos atrás con una pelada morocha) para que pagara las otras dos... menos mal llegamos al mar rápido para que no llegará el momento de pedirme “mi ronda”. Claro que delicioso viajar cerveceando, rico. Lo malo es que uno va en servicio público, donde se tienen pocas probabilidades de parar el transporte cuando a uno se le antoje para desaguar las agrias, aguanté la orinada desde Loboguerrero, donde paramos para una requisa de rutina por parte del ejército (allí recordé lo de “viajar en un país en guerra”, que tanto debatíamos en clase, pero nunca más), los soldaditos requisones nos pidieron cigarrillos y nos desearon buen viaje; luego con la vejiga a punto de romper hasta el Edificio del Café, al cual llegué contento por las cervezas pero bastante apurado por su efecto diurético. Terrible cubrir grandes distancias sin poder detener el vehículo, cuidado con no desaguar antes de abordar estos carruajes de tránsito popular: léase taxis ó lanchas rápidas.

Edificio del Café:
Inmueble propiedad de la Federación Nacional de Cafeteros donde trabaja y habita don Hernán Henao, padre del expedicionario Luis Javier Henao, el mejor bachiller de la promoción de 1.999 del Seminario San Buenaventura. Compañero mío de viaje, que hoy en día anda por los yores, y no tengo idea de haciendo qué.
Apartamento 1503:
Lugar de residencia habitual de don Hernán Henao, ocasional de su familia y amigos de su familia. Lugar de tránsito al que se venera pues es el último reducto de civilización que se asoma antes de partir hacia el mar: aire acondicionado, equipo de sonido con buen surtido de CD´s, televisor con buena dosis de canales; en fin, electricidad, hermosa y santa electricidad; comida cocinada, baño con baldosa, vista increíble de la ciudad. Comodidades añoradas cuando se está cerca del infierno. En este bello inmueble tuvimos la oportunidad de tomarnos uno de los tragos más asquerosos del mundo, la mistela de maracuyá y descubrimos también el álterego de William Vega, mi otro co- expedicionario, (del cual les había contado que fué alguna vez, en el hispanoamerciano "Don QUijiote", y que ahora anda en España especializándose en escritura de guión) su “Buitre” interior salió a la luz pública, mientras canturreaba sus canciones predilectas.
Mistela de Maracuyá:
Bebida alcohólica de color amarillo miedoso, oriunda del departamento del Cauca bajo el nombre comercial de “Isla del Encanto”; o sea que la marca era mas o menos asi en el formato "Johnnie Walker, Black Label" nuestro traguito este diría esto "isla del encanto, Mistela de maracuyá", por Dios, ¡la etilia!. Se encuentra dentro del top 5 de los tragos más asquerosos del mundo. Fue ingerido por los expedicionarios durante una noche en el 1503, y usado días después como repelente de insectos en Villa Mosquito.
Transjuanchaco:
Empresa líder en el transporte poco masivo de pasajeros desde el puerto hasta las famosas playas de esta parte del pacífico como La Bocana, Pianguagrande, Piangüita (que visité en mis años de mocedad junto a mi padre y a mis hermanas, ausencia de mi madre por su asistencia a un velorio), Juanchaco y Ladrilleros, entre otras. En esta empresa laboran personajes que le deben sus nombres a lo mejor del fútbol mundial de todas las épocas: Bekenbauer (con esta ortografía) Angulo nos manejó la lancha y Willington Tovar otro que recuerdo participó de la transacción que hay que hacer para conseguir un boleto más barato de los $45.000 pesos, seguro incluido, que cuesta el viaje. Al final, después de muchas patrañas como que el documental que adelantábamos se vería por más canales que el Super Bowl , conseguimos una rebaja de 10 lucas en el precio inicial, prometiendo que volveríamos y que su firma sería más vista por TV que Shakira. ¡Lo que hay que hacer!

Lancha Rápida:
Vehículo uni o bimotor muy común dentro de los medios de transporte marítimos. Manejado por personas negras siempre (no lo digo por racismo, lo digo porque es absolutamente cierto, no hay blanco que sepa manejar estas raudas góndolas marinas), que en un promedio tan solo de entre 45 y 50 minutos lo dejan a uno en el muelle de Juanchaco. El viaje en estos aparatos suele ser muy placentero ya que la vista de los lugares por los que se atraviesa es muy rica: con gran emoción recuerdo el hotel y la casa que posee un señor de apellido Álvarez que no volvió después de su secuestro, en el bello sitio conocido como “Mauipi”. En ocasiones, cuando no se siguen las reglas del viajero, que dictan no viajar sin descargar el intestino (cualquiera de los dos), la lancha rápida suele perder relación entre significante y significado pues no siente uno que las millas náuticas cruzadas se estén recorriendo a gran velocidad.
Paso del Tigre:
Lugar geográfico poco ubicable exactamente, donde la corriente del mar y el agreste oleaje hace volver a los infieles a sus credos. El mar en este lugar se torna agresivo y se suelen escuchar gritos de las señoras pasajeras que van desde la risa nerviosa al pánico total. La lancha se mueve mucho y no es aconsejable para los viajeros que hayan violado la regla #1: evacuar intestinos.

Juanchaco:
Playa del pacífico colombiano a la que la mayoría de la gente llega en lancha rápida, aunque hay barcos que transportan turistas pero se demoran el triple. Es un lugar tranquilo (en temporada baja cabe decir). La gente juega dominó, lee el periódico en las callecitas, saludan cada que pasa uno a su lado. Casas de madera, la gran mayoría de ellas presta un servicio: restaurante, tienda, teléfono, billar, granero, alojamiento, fotocopia (y me preguntaba a que le podría yo sacar fotocopia y para qué, en esas latitudes), bailadero, baño, en fin. A mi parecer la población de Juanchaco en un 90% se dedica a atender gente, hasta en temporada baja, cuando pintan, remodelan, renuevan las casas para la llegada de la otra temporada. En temporada alta Juanchaco se transforma, por las callecitas antes vacías, ya nadie lee periódicos, todo el mundo está en comercio, hasta los que parecen turistas están vendiendo algo. Llegan indígenas, hippies, rastas sanandresanos, monjas, culebreros, saltimbanquis, malabaristas, tragafuegos, todos con sus cuentos y sus corotos para vender. No se puede andar en está temporada muy tranquilo. Los antes amables pobladores nativos, están muy atareados para saludar pero siguen siendo formales. La playa se inunda de gente y de sonidos, gritos, música por todas partes. Juanchaco se transforma en cuestión de horas.

Cacai:
Imitación de guía que se ofrece a llevar a los desprevenidos transeúntes recién bajados de la lancha hasta su destino. Tiene todas las características de un nativo de las costas pacíficas de estas latitudes: morocho, acuerpado, acento ininteligible si no se está poniendo cuidado. Tiene una característica menos común, es idiota, como diría doña Ana, la de la fonda de doña Ana. Al ser requerido por los expedicionarios (nosotros) miembros del Juwiludi o Banda de los Tribilines, para que nos llevase a la cabaña de Gustavo Mejía. Y aquí pónganme cuidado: el mentecato entiende que es la cabaña de otro Gustavo y nos hace caminar por los más increíbles paisajes naturales que se puedan ver en esta parte del mundo, haciéndonos sentir, Julián, Diana (la expedicionaria # 4) y William, totalmente perdidos porque otra característica de los nativos es que hasta descalzos caminan rapidísimo; peculiaridad que uno de los expedicionarios, Luis Javier, el mejor bachiller de la promoción de 1.999 del Seminario San Buenaventura, tenía desarrollada de antemano y al sentir el salitre en sus pulmones de nuevo, afloró inmediatamente dejando a los demás rezagados, con la sensación de estar completamente solos en la selva. Esta imitación de guía reencuentra a los perdidos (nosotros) y nos hace caminar tres veces por el mismo punto, hasta que los mismos perdidos le hacen sugerencias del atajo ya transitado. Cuando por fin encuentra la cabaña del Gustavo por el que se le preguntó, se disculpa con ese aire de bondad de la mayoría de estas personas del pacífico, se ríe y se va. Es perdonado pero no olvidado porque hizo desesperar y sufrir a los expedicionarios, además de ilusionarlos con la cabaña del otro Gustavo, que estaba ubicada en un sitio excelente, maravilloso que no olvidaríamos. Cerca de los acantilados.
Los Acantilados:
Lugar geográfico al que el hotel propiedad de Don Efraín debe su nombre. Se encuentra en este sitio la paz verdadera. Es una costa cortada verticalmente donde se pueden observar atardeceres increíbles, una especie de remanso donde se tranquiliza el genio, se concilia con el mundo, luego de un día de furia o de desventura como se tienen muchos en estas regiones del pacífico colombiano. Se llega caminando desde Juanchaco atravesando uno de los tantos sitios donde el mar hace los mejores cuadros mientras su marea sube y baja, por ahí por donde Diana tuvo que desaguar en un estanque, donde en las rocas han escrito su nombre gran cantidad de malosos, y también el de sus novias (recuerdo haber visto un gigantesco "Brayan Estiben y Wendy Lulú", ¿dónde estarán?). Luego se sube por un sendero pendiente hasta descubrir su cima y ver pasto, césped verde y bien cortado. Ahí están ante los ojos de incrédulos. Los acantilados, donde don Efra ha tenido su hotel desde hace varios años: una caseta grande, que es el comedor; 4 duchas y 4 sanitarios al aire libre y 8 cabañitas de zinc de no más de 2 mts por 2 mts, todas pegadas. En el patio de estas cabañitas sembraron los expedicionarios su Campamento Primíparo.

Villa Mosquito:
Lugar donde Dante habría ubicado su infierno. Es una cabaña de dos pisos situada a unos 200 mts de la playa de Juanchaco; al interior, donde empieza la selva, la bravura de la flora y de la fauna (sobretodo la fauna invertebrada). Esta cabaña desabitada por sus propietarios desde épocas inmemoriales, fue cedida en calidad de préstamo (porque ahora ni regalada alguien la recibiría) a Luis Javier, por parte de una familia cercana a la suya. Con la condición de portarnos bien y dejar todo en su sitio; pagarle la energía a la señora de la casa vecina, que por medio de un cable nos conectaba a la casa de ella; ir por una estufa de gas y una pipa del mismo elemento a la casa de doña Ana -que también es la fonda de ella-. Así quedamos instalados con lo esencial para sobrevivir tres días 2 noches, noches que resultarían las más inolvidables e incómodas de nuestras vidas, por lo menos de la mía es el top 1 la primera de ellas. Intentamos asear un poco, pero tendríamos que tomarnos toda la estadía para que ese sitio quedara bien. Decidimos dormir fuera de las habitaciones, en un cambuche hecho con colchonetas y toldillos en la sala de estar de la cabaña, que quedaba en el segundo piso. Dormir ahí fue decirle a esta jauría de invertebrados vení picame, toda la noche en vela intentando evitar más picaduras, cuando aún no conocíamos las virtudes del cóctel químico y bendito, 2 pastillitas al día de complejo B y Tiamina. Santo remedio. Pero las ronchas ya estaban allí, cuando decidí levantarme a eso de las cinco de la mañana, cosa nunca vista dentro de mis días corrientes, dentro de mi conciencia habitual. Sin interesarme por la suerte de mis compañeros resolví dar por terminada la jornada de sueño a esa hora, pues por centímetro cuadrado presentaba yo tres ronchas, me faltaban dedos para rascarme después de haber sido la comida, la cena y el desayuno de estos insectos sedientos y madrugadores.

El escalón más grande del mundo:
En el camino entre Villa Mosquito y la fonda de doña Ana, se encuentra este segmento de la ruta que, como su nombre lo indica, se caracteriza por ser específicamente gigante. A las piernas de personas de escasos centímetros, digamos 1, 65 mts estatura promedio de una mujer colombiana, esta parte de la ruta puede parecer infranqueable, pues su tamaño, adornado de grandes cantidades de barro, maleza y raíces no dejan espacio para pensar por dónde se puede seguir subiendo esta particular escalera de irregulares fracciones. Más infranqueable aún para aquellos paseantes de la escalinata que deban franquearla con una pipa de gas de 40 lbs entre la espalda y el hombro, con inmensas probabilidades de contraer una hernia.
La fonda de Ana:
Lugar de tantos en Juanchaco donde en baja temporada se leen periódicos, se mecen abuelas... que en temporada alta adornan de 8 a 10 mesas con manteles y preparan almuerzos a granel. Aquí Gustavo Mejía, propietario de Villa Mosquito, deja al cuidado de la dueña del lugar -doña Ana por supuesto- su estufa de gas y su pipa del mismo elemento. Desde aquí hasta Villa Mosquito hay unos 300 mts, pero hay que atravesar la escalera que contiene el escalón más grande del mundo, así que devolverse desde este sitio a la cabaña, con la pipa y la estufa a cuestas, no resulta muy placentero. Además de que doña Ana se negó a participar de nuestras grabaciones magnetofónicas.
Billares Oliva:
Este sitio, ubicado en Juanchaco, cumple con todos los requisitos del sitio comercial de caserío. Es tienda, pues vende abarrotes tales como gaseosas, salchichas, agua; es licorera, pues puede usted pedir aguardiente, ron o cerveza y será atendido; es granero, porque se encuentra lo básico para un sancocho, plátanos, cilantro, papas; es billar, pues tiene dos mesas – aunque el paño de las dos no hace uno más o menos aceptable-. A este sitio se le puede coger un gran cariño pues su dependienta, doña Oliva, sabe tratar a sus clientes con mucho gusto, hace sentir que uno es realmente bienvenido. Oliva atiende, mientras chacharea con alguno que otro vecino. Es probable que ella esté con visita mientras usted se juega su “chico”, es muy servicial Oliva, aunque no tiene las mencionadas características de los nativos de esta playa. Esta señora es de una tez blanca, ya tiznada un poco por los años de sol pacífico –que es violento-, fuma cigarrillo sin filtro y ordeña negras que amamantan a sus hijos para que le regalen un platico de leche humana para su manada de famélicos e indefensos gatitos, que pueden ser persa fácil de las inmensas ratas que Oliva alberga en las vigas del techo de su miscelánea.
Ladrilleros:
Costa vecina de la playa de Juanchaco, a unos 2 kilómetros de distancia, que se recorren a pie en unos 20 minutos o media hora – ó tres horas si corrió usted con la suerte de ser guiado por el llamado Cacai- por una infernal pista de cemento, o en un tractor que impulsa un desvencijado vagón por la misma pista, por la asequible de $1000 per cápita se llega a la mejor de las playas de esta zona del pacífico colombiano. Ladrilleros, lejos de lo que su nombre indica, es un caserío de casas de madera como Juanchaco, no de ladrillo; poblado de negritud en un 90%, colmado de sitios para el comercio también como en Juanchaco. Es un pequeño paraíso, en temporada baja, lo mismo que su playa vecina pero el mar de Ladrilleros es mejor, sobretodo porque tiene las olas más altas que uno pueda enfrentar por esta región del país. En temporada alta, el río inagotable de turistas desemboca en el mar, mientras hace desaparecer la costa cuando la marea está alta. En menos de 1 kilómetro de playa se ubican más de dos mil personas paradas, sentadas, acostadas, frente al incandescente sol de esta zona tórrida. En esta otra temporada, la alta, suelen escucharse al mismo tiempo más de catorce ritmos musicales, ensordecedores todos ellos. De noche, en esta playa, la concurrencia no se reduce mucho. Es fácil encontrar a las mismas personas que había en la tarde, esperando a que el sol les bronceará la piel; en la noche, esperando a que el Viche o cualquier otro licor, les altere las fibras.

Restaurante y Alojamientos Zully:
Uno de los tantos lugares pero el más organizado de todos los lugares, que ofrecen en Ladrilleros estos servicios de alojamiento y comida. Propiedad de la señora Zully, esta cadena hotelera, que tiene dos casas en Ladrilleros al servicio de los turistas, y un comedor al frente de la buena playa, dan cuenta del organizado negocio de la señora. Donde además laboran la mayoría de sus 7 hijos. El que cocina, el que pone la música, la que atiende las mesas, la que ordena los cuartos y así... todos los oficios que tiene o requiere este sitio lo cubre Zully con alguno de sus hijos, o nietos que ya van creciendo. Todos con esa vocación de servicio observada en un 87% de la población de este caserío. La señora Zully nos ofreció el mejor precio en los alimentos que consumiéramos, porque también creyó en la patraña de la salida de su local a nivel mundial, pero además nos pidió que cuñáramos por medio de su equipo de sonido, las comidas del restaurante. Todo deliciosos, inolvidable arroz con camarones.
Waverafting:
Mas que un deporte, es un estilo de vida, casi una religión. Con este eslogan bien montado, los expedicionarios hombres emprendieron una batalla a muerte contra las grandes olas de Ladrilleros. Su intento por dominarlas no cesó nunca, ni los intimidó jamás; aunque estás hubieran intentado arrebatarles a dos novatas que querían ingresar a las filas de esta modalidad deportiva y espiritual. Me es prohibido revelar quien es el verdadero modelo, icono a seguir del Waverafting.
Camioneta Hilux doble cabina, platón cabinado, modelo 98:
Vehículo de transporte de pasajeros o de carga. Propiedad de la Federación nacional de Cafeteros. Sirvió de medio para que volviéramos a Buenaventura por segunda vez, gracias a Hernán Henao. Con capacidad para cinco pasajeros en su doble cabina, y el platón utilizado como maletero y sentadero de los expedicionarios hombres. En este vehículo se lograron grabar más de dos casettes con carretera, retenes militares y el río Dagua –que se descubrió luego, da agua-. Fue desde allí que logramos divisar a un verdadero jackass colombiano, denominado “el albino”: este infame personaje hizo carcajear por varios minutos a los platoneros- porque íbamos en platón-, mientras que en el platón de otra camioneta, permanecía afuera de la carpa mientras caía una de las torrenciales lluvias tropicales en toda su cara por más de 15 minutos.

María Isabel alias “la estafa”:
De género femenino y escasos 19 años, este personaje prometía, desde su aparición un caudal de emociones irrefrenable, pero luego de las burbujas dejó a su paso la más grande desazón que los expedicionarios puedan recordar. Al ingresar a la lancha rápida de Transjuanchaco, en el segundo viaje, no pudimos hacernos los de la vista gorda ante la presencia femenina más llamativa en ese momento del viaje. Observamos también a las afueras de la lancha, una viejita bonachona que nos dio pie para ir charlando con los vecinos de puesto, era la abuela de la niña, que nos recalcó antes de partir: “Cuidado que el mar es traicionero”. Dicho esto arrancamos sin quitarle la vista con el reojo a la niña. Con galanteos propios del barrio, de la secundaria, logramos irnos acercando al mundo de esta niña. Viajaba con dos primitos: uno de cada genero –el niño nunca confió en nosotros-; su tía, que también nos vendería luego, y un perrito que llevaba un ridículo salvavidas; aunque los tres lo elogiábamos mientras duraba el embeleso con “la estafa”. Entre charla y charla fuimos sabiendo que la niñita venía con su familia desde que tenía meses, que conocía los grandes atractivos de la región y que dejaba escapar una simpatía química hacia nosotros. Fuimos cayendo en la piola y la nombramos rápidamente narradora de nuestra experiencia. Si, nos dejó buenos comentarios con respecto a lo geográfico, como eso de que a Juanchaco se lo está comiendo el mar, o de la promesa de que La Sierpe es un sitio muy, pero muy lindo. Quizás fue ante esa promesa que perdimos tanto tiempo divagando y buscándole salvación a esa menopáusica en piel de adolescente. No le gustaba salir, no le gustaba tomar, no le gustaba el mar; si le gustaba jugar cartas con sus primitos, si le gustaba dormirse temprano, si le gustaba la telenovela “La Venganza” y, lo peor, si le gustaba bordar, para lo que usaba unas gafas “culo´e botella” bifocales. Nos prometió paseos y queríamos que propusiera más pero al fin no salió con nada. Ni su papá, que manejaba una lancha familiar en la que iríamos a conocer esos promocionados parajes, ni ella nos llevaron a ninguna parte; además de hacernos caminar hasta su lejana casa para que nos dijera ese “no” -ese “no sé cuando”, más bien. Mientras atravesábamos los tres el escarnio de sus numerosos familiares e invitados. Y de sufrir yo es síndrome de Oscar Campo por parte de la infeliz, me pasó por el lado y no me saludó. No puede ser más grande “la estafa”.
La Sierpe:
Lugar prometido, de aguas dulces y cristalinas, al que se llega en lancha. Nunca lo conocimos gracias a “la estafa”.
Wendy:
El oráculo, el faro, el punto de partida para una búsqueda de mejores noches. Ex-compañera de Vega, hermana de un ex-compañero mío, Wendy Betancur apareció de la nada un martes santo ante nuestros ojos; prometió suelo y techo para nuestras sufridas almas que habrían de enfrentar las madrugadas en carpa, sobre el anegado piso. Nos prometió posada en la finca en que se estaba quedando, donde no sólo estaba ella sino muchas de sus compañeras de Bellas Artes. El afán por encontrarla no se disimuló jamás pues por nuestras cabezas desfilaban los mejores sueños de verano... Finca gratis y niñas sedientas de compañía. La encontramos de nuevo faltando un día para irnos (jueves santo) y nos propuso su finca otra vez. Entusiasmados fuimos al encuentro de la casa, pero resultó que era la del maestro Barandica. Este era una especie de chamán del pacífico, que tenía una casa a medias, con pocas tejas ya, con ventanales rotos y con unos inquilinos indeseables: junkiesitos de estrato alto. Al ver esto abandonamos los sueños, otra vez. A Wendy no la volvimos a ver.

Campamento primíparo:
En el patio del Hotel Los Acantilados, donde el beligerante arriero propietario, Don Efraín, había desmontado un poco y abierto una pequeña zona de camping; los expedicionarios colocamos las carpas. Diana y Sebas la de ellos y nosotros los expedicionarios hombres, los waverafters, la nuestra. La pareja Diaseb dispuso la suya con un calculado arte, con hojas en el piso para acolchar, con zanja y canales alrededor para evitar inundaciones... bien armada. El trío waverafter, tiró la suya como cayó, luego volvió y salió. Cuánto lamentaríamos no estar muy enterados de los conocimientos scout. La primera noche en el campamento fue buena, logramos conciliar el sueño y no fuimos alcanzados por los temidos mosquitos. La segunda noche fue la catástrofe: estábamos en Ladrilleros, en uno de los tantos sitios que sirven de restaurante. Allí sintonizamos en el televisor del lugar un partido del América por la copa libertadores. Desde el primer tiempo del cotejo empezó a llover y recordé las palabras de mi novia, una ex scout, que me dijo antes de salir: “tienen que hacerle una zanja a la carpa porque sino se inundan”, porque la lluvia era incipiente y nuestra carpita no contaba con este sistema de desagüe –lo intentamos hacer, pero no quedó muy bueno-. En ese instante dije a mis compañeros: “creo que la carpa se está inundando”. Pero entretenidos nos dejamos llevar por el “descomplique”, luego de pasar un buen susto porque Vega había perdido su dinero pero lo encontró en la misma parte en que lo creyó extraviado. Luego de matar tiempo buscando aventuras en la playa, decidimos volver al campamento, donde ya no estaba la pareja Diaseb, que habían partido por la mañana a sitios más andinos. Al llegar a él, cuando ya no llovía, vimos todo en calma. Mis temores habían desaparecido, era un hecho que a la carpa no le había entrado una gota... fue una ilusión. Luis Javier fue el portador de tamaña noticia. Y nos dispusimos, a eso de las doce de la noche, a sacar las cosas mojadas y el agua por ahí derecho. Veinte minutos después estábamos ya adentro de la carpa, pensando que lo peor ya había pasado. Dormíamos plácidamente, por lo menos yo lo hacía, cuando se desató de nuevo el vendaval. Eran las 3AM cuando escuché, de nuevo, al portador de malas noticias de aquella noche, decir que el agua estaba haciendo su imprudente ingreso otra vez a nuestra carpa. Yo estaba muerto, mi cuerpo no se quería parar. Así fue hasta que ya empecé a sentir el agua en la cabeza. Nos tocó pararnos en medio del aguacero y trastear la carpa al comedor del hotel de don Efra. Ahí era un buen refugio; aunque nos atemorizaba el hecho del techo de zinc, tremendo pararrayos; pasamos una tenebrosa noche, la tormenta dirigía todos sus centellas hacia nuestra dirección; el piso se estremecía con cada ola que golpeaba el acantilado, haciéndonos recordar las palabras de “la estafa”, quien decía que a ese sitio el mar se lo iba a comer. Intentamos dormir bajo la ira de Dios, hasta las 7 y 30 AM, cuando Efraín nos levantó con su voz castrense y nos pidió desalojar su comedor.
La siguiente noche en la carpa fue mejor, creo que por la sensación de que era la última, no obstante Luis Javier prendió su tractorcito toda la noche. Todos teníamos viva la resaca por le bebeta de la noche anterior. Lo que ayudó a no pensar mucho en las incomodidades del campamento.
Billares El Tío:
Sitio de billares recordado por ser infinitamente superior al de Oliva, en cuestiones de calidad de instrumentos para practicar el billar. Recordado por ser el escenario del “chico más largo de la historia” pues entre tres jugadores no logramos meter todas las bolas, nos rendimos con la # 15 aún afuera, luego de 2 horas de intentos.
Viche:
Top #1 en la lista de los tragos más asquerosos de la tierra. Preparado con caña fermentada y luego cocinada, este trago oriundo delas costas de Nariño tiene el poder de destapar las vías respiratoria y de aflojar de bocas decentes los más desafinados improperios después de su ingestión. Se toma gracias a su pequeño valor de $6000 botella.
Tierrita:
Es un hombre alto, flaco, de huesos pronunciados en un cansado pero alegre rostro de ojos azules y mueco, huidizo arriero oriundo del viejo Caldas. Antiguo habitante de la calle del cartucho que llega a trabajar a Ladrilleros cada que quiere salir del vicio. Dice que esta actividad, poco activa, lo hizo perder su familia, sus dos hijas que son lo que más quiere. Una está en España, cumplía años el jueves santo, y el habló con ella. Esa es la que le va a mandar plata para que monte el negocio que el quiere. Una venta de revuelto para surtir Juanchaco y Ladrilleros de los frutos de la tierra que el conoce bien. No recuerdo su nombre pero si la proveniencia del remoquete. Resulta que recién llegado, el personaje en cuestión, desesperado por un bazuco; empezó a buscarlo en las playas por su nombre clave: “tierrita”. Se acercó a un desprevenido que no conocía el término -creo que nadie fuera del “gremio” consumidor lo conoce- y este no le entendió nada, lo miró extraño. A lo que el personaje solo pudo repetir que si no sabía quién estaba vendiendo terrenos, así que después la historia trascendió y ahora todos lo conocen con este sobrenombre. Nos ayudó mucho a entender las concepciones de un no nativo con respecto a la tierra costera, a entender que hacía un campesino por esos lares. Un humano en buen sentido.
Homoturismo / Blackyturismo:
Nuevos conceptos que ha desarrollado la industria turística colombiana. Ahora en gran medida están llenando los destinos turísticos antes familiares de esta zona del pacífico. Donde no hay una mesa con tres gays, hay una con 4 o 5 morochos y morochas, o en su defecto una con tres o 4 morochos gays.

La caseta de Nikita:
La mejor caseta, lugar de la mejor noche que los waverafters recuerden de su paso por el pacífico. Allí nos sentimos como en casa sin estarlo. Propiedad de Nikita, un gigantesco negro, ex -compañero de Henao del colegio. Nos brindó una velada con licor, diversión y buena música. Bailamos con alguna blackyturistas, bebimos con otros caleños amigos de infancia –uno de ellos tenía en su novia al ejemplar más codiciado de la playa- y la pasamos de lo mejor allí.
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