A enredar cometas.
Resulta increíble cómo los seres humanos terminamos pareciéndonos tanto unos a otros; en tanto: las actitudes, las sensaciones, los discursos. Son repeticiones interminables sin importar nuestra edad, nuestra vocación, nuestras creencias… Mejor dicho, sin importar nada. Terminamos diciendo en un momento lo que alguien nos dijo, o escuchando algo que nosostros ya dijimos. Bastante curioso.
Lo que digo es que a todos nos llega el momento de ser una persona o la otra en medio de las relaciones de pareja (ya les digo cuáles). Y no se qué pensar de eso, no se si reírme o llorar; no se si correr desesperado a todo lo que huela a “relación” ó quedarme viendo qué rol me tocará la próxima vez.
En las relaciones estas hay un generalizado concepto: siempre hay uno que quiere más la cosa que el otro; es decir, uno que empuja, briega, lucha por la vaina (con todo lo que tiene) y otro que se quiere dejar empujar o no (eso se sabe después, o no…). Y pues realmente eso no tiene nada de malo, lo malo es no saber cuál es uno.
Creerse uno el que tiene el sartén por el mango desatinadamente, y estar pensando que la cosa va para adelante, cuando en realidad el hijueputa sartén lo tiene el otro y viene directamente por la espalda, a darle en la nuca. Eso si es lo malo.
Es sencillo, en las relaciones incipientes hay unos gestos que empiezan a indicarle a cada persona unas señales inequívocas, para que vaya descubriendo si tiene agarrado el mango (en esta posición está el que decide si se deja empujar o no) ó si va a tener que agacharse para esquivar el viaje del sartén y luego deberá recoger todo el armatoste de detalles, de sentimientos y de sueñitos que alcanzó a armar; ó ¡peor dolor! (si es demasiado confiado, ó medio achatado de mente) tendrá que empezar a buscar siquiatra que le arregle el daño mental y kinesiólogo que lo repare del sartenazo. Porque es así muchachos, no hay más misterios.
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Lo que pasa es esto: uno a veces es el que enreda (la persona 1, que les dije que ya les decía) el que está en el limbo, en el pasado, en el miremos-a-ver-qué-pasa; y las otras veces es al que enredan (la persona 2), ese que aún cree en el amor que vence obstáculos por más grandes que sean, que cree que las personas son diferentes, que cree muchas cosas sanamente, ingenuamente.
Pero entonces se llega a un punto de tanta conciencia, después de mucho tiempo en estas faenas, de tanto conocimiento del comportamiento humano; que uno sabe enredar bastante, sabe qué decir, sabe qué hacer; bueno, se sabe el manual; y por el otro lado ya a uno no lo enredan sino que uno se deja, uno se miente un ratico para recordar cómo es la vaina de andar enamoradote por ahí de alguien que se ve más especial que la anterior pareja. Y se tira embalado a ver que revienta.
Cuando uno enreda, resulta que uno está en una posición aventajada, uno la tiene clara; va a enredar, fría y calculadamente, y por lo general lo logra porque el manual es prácticamente infalible mis queridos y queridas… Voy a arriesgarme un poco, como todo mago malo que revela secretos, y les daré una pequeña muestra de algunos libretos del manual (perdónenme chiquillas si han caído, espero lo hagan) y empiza mas o menos así el cuento que se lanza: uno tuvo una ex novia que lo dejó mal, que lo hizo conocer las puertas del infierno, que lo ha hecho dudar del amor; por consiguiente eso no es justo; entonces uno quiere volver a confiar, volver a sentir las vibraciones del amor, volver a creer en alguien que lo lleve a las puertas del cielo. Y pues nada, es algo inexplicable cómo la mayoría de las personas quieren sacarlo a uno de ese bache enfermizo, triste, negro en el que uno anda, porque sin amor no se puede vivir: ¡sin ilusiones uno no avanza! Entonces el enredo está listo, el personaje que se asume como redentor de uno ya tiene una mira de sartén en la sien, para cuando a uno le de la gana de sarteniarlo. Porque cuando uno enreda es así, uno sabe que esas relaciones tienen fecha de caducidad, muy próxima por lo general. (Cabe anotar aue hay una extraña especie de gente que enreda sin saber, pero para efectos de la categorización que estamos haciendo, pues no importa, enredador se queda enredador; ó bueno, digamosle enredador por omisión, pero repito, es una especie muy rara, todos conocemos el papel que tenemos).
El enredado es ese que se creyó bombero voluntario, libertador, o cualquier otra posición de estas que rompen cadenas, salvan vidas, auguran solo bondades y buenos pasos. Por lo general nadie quiere a un enredado; o sea, no se le ama, se le quiere pero para “algo”: para que suba el ego, para que invite, para que acompañe, para que haga “pantalla” mientras se sale del bache; pero el enredado es útil, por donde se le mire. El enredado no le tiene miedo a nada, lo quiere enfrentar todo: la pobreza, la enfermedad, la infidelidad, la distancia… mejor dicho, el enredado esta a pocos pasos de ser un mártir.
Por regla, al enredado le sirven todas las posiciones del enredador, todas las afronta, todas las entiende, todas las quiere vivir: que el enredador no puede salir los viernes por la noche, que no quiere que mucha gente sepa que andan juntos, que a los papás no les gusta que les presenten gente, que para qué ir a ese sitio de moda si en esa fuente de soda están bien… Y el enredado se come todo eso; es más ¡lo apoya! Y pues qué mas se hace, es un embriagado de amor, es un entregado a la locura, es un amante del vértigo.
Las señales, esos avisos luminosos que señalan para donde va la cosa, empiezan a aparecer muy rápido, y dependiendo de la posición que la ruleta loca esa que llaman destino escogió para uno, toca estar muy atentos. Porque si a uno le tocó enredar, lo más probable es que lo logre; con un simple “Soy un incomprendido, un solitario y se que podés mostrarme cómo salir de esto”. Magnéticamente, aparecerá un salvador providencial a dar amor, apoyo y alegría a esa vida triste.
Pero si lo que tocó fué ser el enredado, lo más probable es que vaya a escuchar: “Me gustás mucho, no estoy seguro de lo que hago, no te puedo dar certezas… Pero conozcámonos…” Es bastante efectivo, como enredado lo toma de una, como si fuera un baloto ganador.
Entonces yo les digo, hagan lo que quieran, pero yo si puedo avisarles que cuando aparece la palabra “conozcámonos”, inmediatamente de mi ser sale un reflejo instantáneo e involuntario que revira y dice: “¡A enredar cometas!” Y por favor, a un parque bien lejos.
Lo que les digo es que ser enredador o enredado no tiene nada de malo, absolutamente nada… Y hay historias de parejas que se quitaron esas etiquetas y vivieron juntas para siempre porque un día se dejaron de rodeos, de la película se cansaron y se casaron. Lo que si es aterrador es que uno no se reconozca a tiempo y se quede en las mieles de alguna de estas posiciones, porque cualquiera de las dos puntas ¡si que tienen mieles! (algunas menos dulces que otras, pero hay gente que se pega de un avión fallando). Aterrador es no se moverse a buscar el amor ese, el que todos hemos sentido y sabemos que existe, donde uno no es ni lo uno ni lo otro, sino que los dos van emparejados, pa´l abismo o pa´l paraíso, pero a la misma velocidad y agarraditos de la mano.
Julián González-Lema

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cuando uno ama a alguien que también lo ama a uno, eso es narcisismo, pero cuando uno ama a alguien que no te corresponde, eso es amor de verdad.
EXITOS.