Procuren cerrar la puerta.
Por cosas de la evolución en las costumbres sociales, cada vez somos menos recatados, somos menos cerrados a experiencias nuevas; esto lo digo explícitamente para referirme al sexo: que swingers, que amigos gays a montones, que mejor dicho. Porque es así, es cierto, no hay quien discuta que una niña de 20 años (de clase media, que vive en una ciudad, que va a la Universidad, que sale a rumbiar) sea virgen o no, se da por hecho que no lo es; algo que hace un par de generaciones atrás era impensable, pero que hoy en día, hasta parece una falta de experiencia lamentable. Y bueno, no vamos a debatir acá si eso está bien o está mal.
Lo que si es necesario acordar como miembros de una sociedad que se está moviendo de esta manera vertiginosa; son las prácticas que podemos tolerar sin chistar y las que, definitivamente por más libres y relajados que seamos, se tornan inmanejables.
Resulta que muchas veces nos alegramos porque algún amigo se “cuadra” con una pelada (a lo bien y sin visajes de “conozcámonos” o algo así) y arrancan una nueva relación sentimental; que, como les digo, en menos de 15 días dará paso a una relación sexual (por esas vainas de la época, es una convención prácticamente) pero no me meto pues a hablarles de los resultados. Eso si cada quién responde por los suyos.

Bueno, entonces es tal la emoción de algunas personas que a los 4 vientos celebran estos éxitos tan íntimos en otras épocas, y pues uno felicita, aconseja, reflexiona sobre lo que el amigo de turno cuenta. Y pues parecería incómodo pero resulta chévere, estas novedosas charlas le dan a la amistad una óptica diferente; humanizan al amigo, el ser humano que se desnuda para que se le comente sobre su rol en la relación, sobre sus formas de llevar a cabo el asunto, sobre cosas asi. Eso, aunque pudiera parecer inadecuado, pues en últimas no lo es; es compartir, es escuchar, es entender. Y eso es la amistad.
Volvamos al asunto de lo intolerable, a ver si compartimos… Tengo entonces este amigo, muy amigo, que por esas cosas de su vida, de su manera de ser, de su “buenagentismo” exagerado (ojo al nuevo vocablo) ha tenido unas experiencias bastante nefastas en estos campos; parece que mi viejo ha sido creado para una generación anterior pero ¡zuaquete! le tocó esta y el man en las nubes… Entonces para desembollarlo me ha tocado darle cátedra, para que recorra la senda de las buenas artes de pareja al tosco este, cuando se acerca a pedir algunos tips; la verdad el tipo me tiene en buen concepto. Pero bueno, eso tampoco está en discusión.
Resulta que mi muchacho había conseguido apenas su tercera novia en 5 lustros de vida y tres añitos más (de otra generación definitivamente) y la niña era un poco, pero solo un poco menor que él, digamos unos 10 años pues, como por decir algo. Y aunque para la edad de ella ya la convención de la que hablamos era aplicable, pues había pasado un tiempo prudente y mi niño ya estaba algo alterado en sus hormonas, porque nada de nada, y salirse de las convenciones sociales siempre es sospechoso, para bien o para mal.
Después del primer mes de amores, de pasiones, de promesas, de cartas, de trasnochadas; bueno, lógico es empezar a pensar en lo que sigue, porque así es la cosa en estos avatares conyugales. El tiempo apremia en las cabecitas de los amantes (sobretodo en los amantes masculinos).
Entonces mi amigo, le estaba ya dando mucha mente a la cuestión, un poco descalmado. Y tocó darle algunos consejillos, algunos dictados esenciales a este amateur para que se calmara, para que diera cada puntada adecuada, en el momento que era. Pero pasaban cosas inverosímiles que no dejaban avanzar a mi chiquillo hacia donde él quería.

Le daba tantas vueltas al asunto que planeábamos todos sus encuentros con ella para que pudieran estar solos el mayor tiempo posible, a ver si podía “emboscarla”, porque a esas alturas ya una cita entre ellos parecía una cacería. El muchacho la invitaba a comer a su casa, le preparaba un poco de cosas que derivan en somnolencia, unas veces; en excitación, otras (es un artista culinario mi amigo, además de politólogo, economista, comerciante, poeta, sicólogo, experto en logística, orientador profesional… luego les cuento más), le alquilaba películas de Kieslowsky, afananado el sueño, la pesadez, procurando espacios de intimidad. Sucedió muchas veces que habían estos intentos de acercamiento pero usualmente se quedaban dormiditos, haciéndole siesta a la comida y a las interminables películas de la Europa oriental.
A esas alturas del asunto ya él, los demás amigos y yo, empezamos a dudar de todo manual de comportamiento de parejas y femenino, no le encontrábamos la vuelta a la dama, pues no lograban el momento que ansiaba mi querido amigo.
Ya después de los dos meses de ese extraño y anacrónico noviazgo nos acostumbramos a que esa relación no entraba en cánones conocidos, que mi muchacho había encontrado la relación ideal pues coincidía con su generación interna. Y pues así se iban amañando. “Bacano eso, cada noviazgo encuentra sus propias vueltas, sus respectivas pautas” concluíamos ya desinteresados y felices por él, sus demás panitas.
Un día de diciembre planeamos una salida de rumba, a una disco de Cali. El plan era que yo llegaba con el judío y con la genio (dos amigos más), y el barranquillero amigo del judío a recoger a la parejita, que iba a estar, para variar, en la casa del man viendo peliculitas; nosostros, bullangueros y encarnavalados, llegamos a la casa del hombre.

Allá me conocen como un hermano más, entonces yo sé donde están las llaves y entro sin problemas, y como ya habíamos bajado la guardia, entramos en patota. Señoras y señores, y acá es donde necesito que acordemos… Cuando entré de primerito, carne de cañón, lo que mis ojos divisaron, al igual que los ojos de los demás que venían conmigo; fue la desnuda espalda de la esquiva novia, que se había decidido al fin, a darle esta pruebita al niño, con un quickly más inoportuno que cualquiera. Perplejo me miraba mi excitado amigo… Y yo paralizado también, cuando miré a mi espalda, mis compañeros de bochorno ya no estaban, pero sus risas eran ensordecedoras. La niña se medio tapaba a las carreras con lo ke encontraba, y pues nada… Lo que puedo recordar, aunque intento no hacerlo, es que por más modernos que seamos, por más evolucionados que estemos, por más sociales que se hayan vuelto ciertas charlas y ciertas prácticas… Hagamos una cosa, para que todos podamos mirarnos a la cara con tranquilidad… Muchachos, pase lo que pase, ¡procuremos cerrar las puertas con seguro! La duda, en estos casos, edifica más que atestiguar.
Julián González-Lema
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