Nuevas lecciones de botánica.
La ciencia y la tecnología avanzan a velocidades que no podemos imaginar. En muchos casos nos demoramos eternidades para conocer en profundidad una teoría, un aparato ó un programa, cuando inmediatamente la tendencia y la necesidad nos empujan a cambiarlo por lo más reciente, por lo más novedoso, por lo más útil, por lo más fácil de usar.

Y esto se ve en muchas cosas que hemos aprendido a lo largo de nuestras vidas; lo que sabíamos en el colegio con respecto a ciertas cosas, pues hoy en día dichos conceptos juveniles pueden estar completamente revaluados; ó, porque no, digamos cuando uno por fin ha aprendido a meterle una figurita o un sonido especial a un contacto en el celular, para que cuando llamen salga un corazón o suene “La cucharita”, pues ya eso no está en uso, ya no sirve porque ya ha salido el teléfono que cuando ese contacto llama pues el bicho novedoso incluye video, aroma, frase favorita, canción preferida, y una seguidilla de informaciones que no nos dejan lugar a dudas de quién es el personaje que nos timbra al otro lado de la onda. Es impresionante, por donde se le mire al asunto.
Esos cambios, esos adelantos, esas revisiones a lo que sabemos vienen a demostrarnos que el ser humano no tiene fronteras visibles, que no se estanca y que estamos diseñados para aprender todos los días cosas que nunca imaginamos. Y a cualquier edad…
Yo me quedo aterrado aún con las cosas que aprendo y me maravillan, que entiendo y me sonrojan por lo sencillas, y, bueno, es una experiencia motivante y reveladora de nuestra naturaleza. ¡Qué belleza! Y tengo botones para demostrar lo ignorante que puedo llegar a ser.
Resulta que hace poco estaba visitando por primera vez la casa de los padres de una amiga y pues ya saben cómo es esa vaina, uno todo acartonado pero no mucho, simple pero educado, sincero pero no cortante y demás contrastes; para mostrar lo máximo de uno en el menor tiempo posible. Empecé a comportarme con estos matices para no hacer el ridículo y para no hacer quedar mal a mi amiga, que lo lleva a uno a su hogar corriendo algunos riesgos, porque nunca se sabe con qué va a salir uno, ya que hay situaciones que lo dejan a uno fuera de base; a veces es difícil improvisar en algunos casos y en algunas casas.

En esas, me encuentro sentado en la mesa del comedor de la casa, juicioso, atento; y por esas condiciones de mi curiosidad humana (y por tratar de pasar por observador y cordial); veo que la mamá de mi amiga, doña Fabiolita, muy querida ella, se acerca portando un bello arreglo en un florero. Las flores principales eran entre rojo y morado, muy lindas; las acompañantes eran las blanquitas chiquitas de siempre. Y cómo será, que si uno no sabe muchas veces de esas cosas actuales, como softwares, servidores, discos duros ó cosas así, mucho menos es lo que sabe de botánica, para poder saber el nombre de las florecitas, entonces indaga. Y quién mejor para responderme que la madre de mi amiga, tremenda paisa de esas de raca mandaca.
Yo la veo colocar el centro de mesa y le entrego mi ignorancia para que la aniquile, interesadísimo le pregunto por esas flores rojas-moradas que me inquietan, (realmente me estaban inquietando amigos), qué cómo se llaman esas bellezas, remato. Y pues claro, tuve mi respuesta. Y la demostración que el mundo globalizado, el mercado internacional están siendo la cuna de todas las apariciones tecnológicas, de todas las nuevas conceptualizaciones del mundo. Es el comercio mundial lo que rige las vidas de nosotros, pobres seres humanos, alejados de lo natural, de lo espiritual. Yo, con mi edad, ignoraba el nombre de las bellas flores rojas-moradas y lo descubrí, sabiendo ahora que nunca podré olvidarlo. Ni su nombre real, ni su nombre vulgar, ese con el que mejor se acomoda a los consumidores finales, con el que mejor se ubica el “top of mind”.

Cuando le pregunté a Fabiola, interesadísimo como les dije, esperé su sabia respuesta, de matrona antioqueña que se las sabe todas. Yo expectante, la miraba a la cara; mientras ella buscaba en su vasta memoria, hacía algún ademán con las manos que parece que le ayuda a traer información a su cabeza, llena de tantos recuerdos, de tanta sabiduría. Hasta que al fin lo logra, lo encuentra, y me lo lanza en la cara; con actitud de sabio que ilumina a su alumno crédulo e ignorante, y me dice: “Esas… esas son imitación orquídea”. Yo me quedé pensando muchachos, y como les digo, uno recién presentado, tiene que hacer esfuerzos para no descalificar a alguien que ha vivido más que uno, pero creo que mi asombro y mi reacción ante la información recibida fue inocultable.

Cuando mi amiga, que estuvo a mi lado todo este momento de encandilamiento con la sapiencia materna, salta al auxilio mío y al descrédito de su madre diciendo… “Mamá, ¿cómo así? Esas son Astromelias” Y yo regreso a la tranquilidad porque me parecía ilógico que una cosa de la naturaleza fuera imitación de otra.
Pero recuerdo a la publicidad, al mercado mundial, a internet, a la globalización… Y me asombra el conocimiento nuevo que adquiero en ese instante; quedo de acuerdo con Fabiola y sus nuevas lecciones de botánica aplicada al mundo de la demanda y de la piratería (y ya me empieza a parecer nombre de filósofo todo lo que suene a Fabio, a Fabiola -¡qué eruditos!-) porque hay que crear marca, hay que buscar nichos de mercado… Tal vez una astromelia, con ese nombre vetusto, no se vende tan fácil en el target de los jóvenes, o de los adultos medios… Pero vaya ofrézcales una “imitación de orquídea” a ver si no salen como locos a comprar ramos por montones y arreglos gigantes; porque como los cd´s, los dvd´s ó los juegos de video piratas, son más baratas que el original.
Julián González-Lema
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