Qué miedo la policía.

A veces, por no decir que siempre, la seguridad es mejor que la policía, como dice el refranero popular. Y yo lo digo porque uno de mis amigos más cercanos tuvo un impasse con la ley que, hasta el día de hoy, no nos deja refutar el viejo y conocido dicho de años, qué cosa!

Alejo (así voy a llamar al muchacho de esta película, donde cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia) volvía un día de diciembre de trabajar, prestaba sus servicios en uno de esos trabajos que uno tiene de joven (como cuidar en conciertos, hacer hamburguesas, vender pollos congelados a domicilio a las mamás de los amigos, estampar camisetas...). Ese día, Alejo había estado trabajando; es decir, organizando, calmando, cuidando, empellonando, madreando, amenazando, manosenado gente en un concierto de vallenatos (Si, puro Ay hombre! y pícale , pícale).



Venía mamado de ese trajín infernal y sentía que ya no le quedaban fuerzas sino pa´ una cervecita con su compañero de jornada (otro de mis amigos más cercanos, al que aleatoriamente llamaremos Mauro), en el restaurante del hermano de éste último, que les quedaba cerca y la economía, por ser del círculo del dueño, les llamaba también bastante la atención y me guío por esta última opción, más que nada.

Entonces cogieron rumbo al restaurante-bar del hermano de Mauro, ubicado este en el norte de Cali; muy cercano a la avenida sexta, famosa por sus cuchitriles de salsa, sus desmanes en festejos de triunfos deportivos (bueno, futbolísticos) y mares de ebrios en cabalgatas de la feria decembrina. Llegaban el par de jóvenes al lugar este, que tenía nombre de Santo, como anduvo en boga mucho tiempo en el país, una vaina extraña pero bueno, llamar a los lugares nocturnos con estos nombres de santidades.



Les sigo contando, cuando el par se bajó del carro de Mauro, justo a su lado, pasaba una muchachita, a la carrera y en qué algarabía; y detrás de ella se aproximaba al pique también un auxiliar de policía, bolillo en mano, procurando darle alcance. El desorden respondía a una redada, que buscaba aprehender prostitutas de la sexta.

Las muchachas estas se sentaban en el andencito del local de una heladería Mimo´s, de la reputada avenida. A eso de las 9 de la noche ya empezaban a colonizar el local, que de día refrescaba a las familias con conos y paletas, pero de noche refrescaba otro tipo de ansias y no a toda la familia, sólo a algunos masculinos de estas, en un ambiente no tan familiar como ir a comer heladitos.



La correría de las prostitutas entonces, perseguidas por los policías, estaba pasando por la cara de mis dos amigos, y Alejo se acercó a uno de los agentes (acercamiento que después le haría preguntarse mil veces "por qué lo hice") con su maña conciliadora y su efervescente diplomacia, y le preguntó lo obvio, como sólo mi amigo Alejo sabe preguntar lo que es obvio; "Qué muchachos... Persiguiendo putas?"; el agente lo miró de arriba abajo y cortésmente (pero con cara de que-pregunta-mas-idiota) le contesto con simpleza que si, y siguió su trote tras las peladas.

Al voltear la esquina el agente le dio alcance a una de las puticas, que no pasaba de los 18 años; llevándola a rastras hacia el camión de policía del que disponía el operativo, en medio de las exclamaciones alteradas y salidas de tono de ella. En ese vehículo policial ya se encontraban trepadas otras de estas chicas, además de otros especímenes nocturnos.



Pasaban en ese momento por el lado de Alejo, este aún se encontraba en su actitud de voyerista, y miraba la escena como comiendo crispetas; mientras Mauro se acercaba a la entrada del bar. Detrás del agente que había agarrado la chinita venía otro, pero manivacío, y al ver a Alejo tan cerca a la situación, le echó mano, diciéndole una de las frases más frías y que aún le retumba en el cerebro a ese pobre muchacho, amigo mío; "Camine usted también, sapo!"

La cara de sorpresa de Alejo era inocultable, sentía una parálisis en todo el cuerpo. Siempre ha sido un hombre de bien; no podía entender porqué uno de los policías lo sostenía fuertemente por su brazo, debilitado (porque el era débil, pero imagíneselo con susto) y empezaba a arrastrarlo rumbo al camión.

Al ver esta acción alevosa contra nuestro amigo en común, Mauro se apresuró en devolverse, para mediar en la situación. Le repetía a los agentes que ellos acababan de llegar de un trabajo de todo el día, que estaban en el bar de su hermano, que respetaran, que no sabían con quienes se estaban metiendo... y demás patadas de ahogado que uno pueda dar en esos momentos, cuando un policía terco como mula, lo tiene a uno por el brazo. La suerte de Alejo estaba echada en ese instante, su subida al camión de los delincuentes decembrinos era inminente.



Otro policía del operativo se acercó a Mauro por la espalda e intentó agarrarlo, pero este amigo mío si forcejeó, pues siempre ha sido más corpulento y belicoso que el pobre Alejo, quedando de frente al policía: entonces empezó oro alegato entre ellos: que no me coja, uno; que si lo cojo y camine, el otro; que no tiene derecho, uno; que cállese no me obligue a usar la fuerza, el otro...

Fue entonces cuando el tipo de la ley alzó bolillo, y le mandó el macanazo a Mauro, con suerte que el atlético muchacho frenó el palo en el aire y empezó a bravearle al tombo. El agente, al ver tal muestra de alevosía del muérgano este, tuvo que hacer uso de otro de sus artículos de defensa (ataque). Le disparó una ráfaga de spray pimienta al mancancán directo a los ojos, Mauro se tiró al piso del ardor, pero también para hacerle pantalla a su escape, pues no se iba a dejar subir al camión, que ya esperaba a Alejo. A punta de empujones y gritos, llegó a la cocina del restaurante, que era el refugio más cercano. Mientras Alejo, el pacífico, seguía intentando hacer entrar en razón al policía que lo retenía, una de las cosas más difíciles que hay en el mundo, apurándolo a que hiciera parte de los positivos del operativo.

Entre sollozos cada vez más sonoros, al ver que su compañero era ya un prófugo de la justicia, le decía al patrullero: "Tranquilo, tranquilo, yo me monto, no me pegue por favor, pero dígame ¿qué hice?". Y como era de esperarse, el tipo no le respondía. Momentos después la cosa se puso mas cruel para el retenido Alejo, pues el agente que había tenido el altercado con Mauro se acercaba, con los ojos llenos de odio, a él y le vociferó: "Este va por su amigo, que se me voló!" Y suelta tal bolillazo, chantándoselo en el brazo con el que Alejo se cubrió la cara. Uy! si le hubiera dado en la cabeza... pues una de dos, o lo termina de joder, o lo arregla para siempre, nunca sabremos qué hubiera sido mejor. A partir de ahí, su sollozo se convirtió en un amargo llanto, y ya no había mas que hacer.

Alejo se acomodó en una esquina del volco del camión, donde lo treparon; con los ojos encharcados, empezando a gritar de una manera desesperada, aunque poco masculina eso si: "Mauro, Mauro, ayudame, Mauro, no me dejés!!!". Infructuosamente pues Mauro estaba lejos del sitio, con una piquiña en los ojos insoportable, que le quitaba espacio en sus mente para ocuparse de la suerte del desdichado y encamionado Alejo, que estaba sentado en el piso, más bien acurrucado; con el brazo en llamas por el diablazo que le había conectado e3l agente.

El reo Alejo miraba de reojo su entorno, analizaba su nuevo ambiente, sus nuevos compañeros de andadas; pensaba con amargura que ya era uno de ellos, que su vida política futura tendría la tacha de una noche decembrina en Cali. Pero cuál era el entorno, quiénes nutrían el cadalso motorizado... pues más putas, además de las que habían correteado a su lado, travestis de diversas edades, drags, maricas, gamines, ladrones, viciosos (aunque en esta categoría bien cabrían todas las anteriores) y, por supuesto, el viejo Alejo.

En medio de tal desilusión, total impotencia; Alejo tomó fuerzas y se paró de su lugar. Por entre las estacas del camión preguntaba insistentemente por el mando a cargo del operativo, que el era una persona de bien, que llamaran a su papá que era una personalidad prestante de la ciudad. Por las rendijas pasaba sus papeles, carnés, cédula, pase, libreta, tarjetas, de todo, a ver si confirmaban lo que mentaba, ya como todo un loco callejero. Pero el agente pendenciero, su verdugo, volvió a cascarle con el bolillo en los dedos. Y Alejo gritó por el golpe, mientras su parche del camión reía un poco con lástima; se agachó, con un dolor en el alma pero sobretodo en los dedos, a recoger los papeles que lo acreditaban como un hombre de bien.

El camión arrancó, con Alejo adolorido en todas partes. El muchacho optó por sentarse de nuevo en su esquinita de antes; lo mas lejos posible de sus compañeros de viaje, pues los veía monstruosos... y qué mas podía pensar ó sentir semejante persona de bien, según él y sus papeles.

En esos momentos se le acercó la putica que había desencadenado su curiosidad (y por ende su periplo en camión policial) se arrodilló a su lado, abrazándole amistosamente la cabeza. Lo calmó diciéndole al oído, y a sus escasos 17 años le hablaba con voz de toda una madre: "Tranquilo papito, es que a usted lo confundieron y más abajito lo sueltan".

En realidad era cierto, lo habían confundido; pero como se había puesto a averiguar lo que no le interesaba, y a quedarse mirando el chisme como toda una doña Melba, se lo llevaron. Resulta que su uniforme de trabajo ese día, había consistido en un jean negro y una camisa blanca. La coincidencia era tal (y no menor la desgracia) que todos los policías y la gente del camión sabían que ese era el atuendo por excelencia de los proxenetas de Mimo´s.



Ahora mi amigo Alejo era un alcahuete de prostitutas, trepado en el volco de un camión con algunos de sus colegas (que efectivamente iban vestidos igual a él y al prófugo Mauro) y muchas de sus protegidas. Era una persona de respeto en el mundo del hampa, solamente gracias a su vestimenta, pero él solo lloraba, mirando por las estacas las calles caleñas, esquivando miradas de transeúntes que pudieran atestiguar su nuevo status de malhechor. Prefería mirar hacia afuera del camión porque hacia adentro solo veía las güevas de un travesti en culifalda. Una total pesadilla .

El paseo en transporte policial lo llevó finalmente a una estación del conocido pero mal reputado "barrio chino", en la primera con 34. Ahí ya lo esperaban su respetado padre, el escapista Mauro y su hermano. Al verlos, el proxeneta Alejo se abalanzó sobre ellos, llorando ahora de dicha (aunque todavía le dolían los dedos) como si lo hubiean soltado de una condena de años; pero sólo había pasado una hora en camión, paseando con las escorias de la sexta. Pero fue ahí cuando Alejo descubrió y nos enseñó a todos sus amigos porqué dice así el dicho. Ya entendemos porque la seuridad es mejor que la policía, la ley a metros señores... pero sobretodo, la gente que se viste de jean negro y camisa blanca.

Julián González-Lema

Comments

catalba said…
jajajajajajaajajaja, me rei muchísimo pobre man! definitivamente si es mejor escribir sobre cosas así.
Unknown said…
ay catalba, tks por tu presencia... Si, seguiremos estando en esta onda.... Me lo recomendó la tales
Anonymous said…
jajaja...pobrecito, realment q se iba a imaginar q le iba a pasar esto...julian sigue escribiendo asi q estos temas me hacen reir...te qm...

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